La última vez
que vamos a ver a Sara es en aquel boliche de la Ciudad Vieja, en la
presentación del último libro del Profesor, La
Triste Sospecha. Estamos todos los alumnos del viejo, por respeto a la obra de toda su vida el lugar está
lleno, pero ya hace rato que sus novelas carecen de la calidad que habían
conocido antaño. El Profesor había perdido la magia. Vamos llamados por la nostalgia de aquel Santa Marta, el
pueblo creado por el maestro como locación para sus relatos. Nos recibe una
imponente ilustración a grafo de Iris Duarte ―la
protagonista de la saga que le valió el prestigio, quizás sobrevalorada como
personaje principal ―con una sensualidad que desborda el afiche, y además está
la luz tibia, el gusto al whisky, al tango, y al encuentro con otros autores
de culto, que nos induce a un estado de trance ya antes de entrar al local.
Cuando el
viejo comienza la lectura estamos exactamente todos los lectores
incondicionales que le quedan al momento. Hace rato carecemos de objetividad, somos arrastrados por la leyenda del autor
existencialista y una inentendible fascinación por Iris. Algunos minutos ya
adentrados en la lectura nos sentimos íntimamente defraudados. El viejo se repite a sí mismo, va a dedicar las primeras seis páginas del libro a la
descripción de la tapera de barro y troncos que habita Iris, en una descripción
casi análoga y en paralelo al sucio y alienado pueblo de Santa Marta. No habrá sorpresas, ya lo sabemos. Nuestra
mente escapa entonces a desdoblar a una Iris desbordante de un erotismo reprimido,
de su musa, nuestra antigua compañera y actual mujer del viejo, Sara.
Vemos a la
eterna Iris atrapada en perpetuos escenarios opresivos, lúgubres hasta la
desesperanza, donde el viejo podía a su antojo convertirla en mártir y heroína de
la testosterona del coprotagonista. Sara vive básicamente recluida, desde su pésima
idea del concubinato, pidiéndole permiso al maestro para actuar. Sabemos que ya no escribe.
Podemos ver en la imagen de fragilidad de Iris y su desencanto, en la forma lasciva
y manipuladora de describirla, como incómodos y cómplices espectadores hasta el
devenir del asco ―una cualidad que conservaba el maestro era hacernos
mirar como miraba él ―la tortura silenciosa a la que somete
a Sara. Es evidente que nuestra antigua compañera escritora ejerce sobre el
viejo una influencia notable y, sin embargo, obedece a sus chantajes
emocionales sin revelarse. En el libro Iris sucumbe a la seducción del viejo
protagonista a acompañarlo a su inmunda tapera, y allí entra, temblando de frio
o de miedo mientras el viejo prende la estufa. Cuando llega el momento de notar
que han pasado semanas de cautiverio está débil, mareada. No nos cuesta imaginar
a Sara entrando al apartamento del profesor, o a su vida, con el mismo terror
impávido de alumna cautivada que había demostrado desde el primer día de
taller, con el mismo gesto que la vemos años después seguir subyugada a los caprichos
de su antiguo profesor.
Claro, esto
lo vemos solo nosotros, los demás asistentes a la lectura no lo descifran ―en
el libro Iris se esmalta las uñas de los pies mientras la puerta de la tapera golpetea
por el viento, destrabada, dejándole la posibilidad de huir―.
No sabemos si es una metáfora para la supuesta libertad que el viejo cree darle
a Sara, o un truco literario que justifique la agorafobia de su concubina, pero
lo cierto es que Iris prende un cigarro, quizás mientras espera el retorno del
viejo, quizás para matar la soledad en sus pulmones, vestida con el mismo camisón
traslúcido con el que se levantó, sintiendo el peso de la tapera, de Santa Marta, del viejo jadeando
sobre ella, pero sobre todo, cargando con todo el peso de Sara a cuestas.

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