domingo, 9 de diciembre de 2018

La verdadera historia de la tapera en Santa Marta






La última vez que vamos a ver a Sara es en aquel boliche de la Ciudad Vieja, en la presentación del último libro del Profesor, La Triste Sospecha. Estamos todos los alumnos del viejo, por respeto a la obra de toda su vida el lugar está lleno, pero ya hace rato que sus novelas carecen de la calidad que habían conocido antaño. El Profesor había perdido la magia. Vamos llamados por la nostalgia de aquel Santa Marta, el pueblo creado por el maestro como locación para sus relatos. Nos recibe una imponente ilustración a grafo de Iris Duarte la protagonista de la saga que le valió el prestigio, quizás sobrevalorada como personaje principal ―con una sensualidad que desborda el afiche, y además está la luz tibia, el gusto al whisky, al tango, y al encuentro con otros autores de culto, que nos induce a un estado de trance ya antes de entrar al local.



Cuando el viejo comienza la lectura estamos exactamente todos los lectores incondicionales que le quedan al momento. Hace rato carecemos de objetividad,  somos arrastrados por la leyenda del autor existencialista y una inentendible fascinación por Iris. Algunos minutos ya adentrados en la lectura nos sentimos íntimamente defraudados. El viejo se repite a sí mismo, va a dedicar las primeras seis páginas del libro a la descripción de la tapera de barro y troncos que habita Iris, en una descripción casi análoga y en paralelo al sucio y alienado pueblo de Santa Marta.  No habrá sorpresas, ya lo sabemos. Nuestra mente escapa entonces a desdoblar a una Iris desbordante de un erotismo reprimido, de su musa, nuestra antigua compañera y actual mujer del viejo, Sara.



Vemos a la eterna Iris atrapada en perpetuos escenarios opresivos, lúgubres hasta la desesperanza, donde el viejo podía a su antojo convertirla en mártir y heroína de la testosterona del coprotagonista. Sara vive básicamente recluida, desde su pésima idea del concubinato, pidiéndole permiso al maestro para actuar. Sabemos que ya no escribe. Podemos ver en la imagen de fragilidad de Iris y su desencanto, en la forma lasciva y manipuladora de describirla, como incómodos y cómplices espectadores hasta el devenir del asco una cualidad que conservaba el maestro era hacernos mirar como miraba él la tortura silenciosa a la que somete a Sara. Es evidente que nuestra antigua compañera escritora ejerce sobre el viejo una influencia notable y, sin embargo, obedece a sus chantajes emocionales sin revelarse. En el libro Iris sucumbe a la seducción del viejo protagonista a acompañarlo a su inmunda tapera, y allí entra, temblando de frio o de miedo mientras el viejo prende la estufa. Cuando llega el momento de notar que han pasado semanas de cautiverio está débil, mareada. No nos cuesta imaginar a Sara entrando al apartamento del profesor, o a su vida, con el mismo terror impávido de alumna cautivada que había demostrado desde el primer día de taller, con el mismo gesto que la vemos años después seguir subyugada a los caprichos de su antiguo profesor.



Claro, esto lo vemos solo nosotros, los demás asistentes a la lectura no lo descifran en el libro Iris se esmalta las uñas de los pies mientras la puerta de la tapera golpetea por el viento, destrabada, dejándole la posibilidad de huir. No sabemos si es una metáfora para la supuesta libertad que el viejo cree darle a Sara, o un truco literario que justifique la agorafobia de su concubina, pero lo cierto es que Iris prende un cigarro, quizás mientras espera el retorno del viejo, quizás para matar la soledad en sus pulmones, vestida con el mismo camisón traslúcido con el que se levantó, sintiendo el peso de  la tapera, de Santa Marta, del viejo jadeando sobre ella, pero sobre todo, cargando con todo el peso de Sara a cuestas.





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