miércoles, 27 de febrero de 2019

Tabula Rasa


El pasto en diferentes tonos de verde, el trinar del churrinche en la rama, sobre la baldosa partida un envoltorio de caramelo, girando una bolsa de plástico, el aroma del cielo de primavera y después, la nada. Juro que no me acuerdo de nada más. 

Si me concentro lo suficiente, no obstante, creo poder recordar cómo empieza aquella tarde. El grandioso Falcon verde me espera a la salida del colegio, con las manos de mi querida madre al volante. 

―Amelia, hoy no me quedo a esperarte. Te volvés a casa con el Bocha. 

Una tarde tan normal como cualquier otra tarde: asisto al mejor colegio bilingüe de Manaos, nunca presto demasiada atención en clase, salvo en inglés y quizás en literatura, tengo un puñado de buenas amigas y un primer amigovio desabrido. Al tiempo que mi padre reparte órdenes a mansalva en un banco, mi madre me va a buscar al colegio, y me lleva a practicar equitación. Entreno dos horas diarias con caballos traídos especialmente para mí de Europa, y el simpático y confiable Bocha es mi adorado entrenador hace ya seis años. 

Bajo su tutela me he convertido de una amazona mediocre a campeona nacional, de niña insegura a adolescente irreverente. Practicamos en los picaderos del cuartel en que el Bocha es coronel. 

Recuerdo que esa tarde el entrenamiento es especialmente duro, preparamos desempates a contrarreloj sobre una altura máxima, lo que hace surgir el temperamento más primitivo de mis contrapartes, el zaino vuela dócil sobre las vallas, mientras que la yegua se muestra molesta ante la exigencia, corcovea en cada curva y se niega a saltar un par de obstáculos. 

Después de desensillar, el Bocha me dice que me quiere mostrar los avances de la oficina que está construyendo en el cuartel. Mientras caminamos me cuenta orgulloso cómo, con unos billetes negros que fue apartando, está construyendo esa oficina para él y los oficiales que lo sucederán. 

La construcción es del tamaño de una casa de huéspedes, con tres piezas. Entramos directo a una luminosa oficina desde donde veo, por una puerta abierta, los azulejos del baño. Algo me dice sobre el dormitorio, o que ahí piensa dormitar sus siestas, o que está todavía en escombros, o que por eso no me lo muestra. Creo. Lo que más orgulloso lo tiene es el cuero italiano que consiguió para tapizar los silloncitos frente al escritorio. En uno de ellos se sienta. No deja de hablar del cuero marrón. 

―¿Te gusta cómo va quedando?
―Está quedando muy lindo todo. Te felicito.
―Vení, sentate un poco acá conmigo ―se palmea la falda. Me descoloca. Miro por la ventana. Trago con dificultad.
―No tengo ganas. Estoy muy transpirada, además.
―Dale, de niña eras más tierna. En que mujer más arisca te estás convirtiendo. Te parecés a tu yegua.
No sé por qué le hago caso. No quiero, pero no se me ocurre desobedecer. Me siento en sus piernas.
―Estás muy huesuda ―dice, mientras me sujeta de la cintura con las dos manos. Comienza a moverme acomodándose. 

Percibo su erección por debajo de mi pantalón de montar y del suyo. Me concentro en las hojas sobre el escritorio de roble y una bandera amarilla, verde y azul que no ondea. En la vitrina enfrente, una serie de negros fusibles están alineados por orden que parece ser de altura o de malignidad. A mi derecha una biblioteca a medio llenar. A mi izquierda, un ventanal, y el afuera. 

Por cierto, tampoco puedo recordar cuánto tiempo está el hombre ese jadeándome en el pelo y sacudiendo mis caderas. 

―Levantate, nena, que te tengo que llevar a tu casa. 

Me levanto y se va al baño. Cierra la puerta al entrar y aprovecho a salir. Afuera está hermoso. Casi igual que al entrar. El pasto en diferentes tonos de verde, el trinar del churrinche en la rama, sobre la baldosa partida un envoltorio de caramelo, girando una bolsa de plástico, el aroma del cielo de primavera y después, la nada. Juro que no me acuerdo de nada más.

jueves, 14 de febrero de 2019

Lágrimas negras


Bailo con él entre la literalidad y el erotismo, un juego que resulta perverso, tan adictivo como repugnante, con olor a enfermizo y que es probable que sea letal. Los dos sabemos que en el final de esta historia (y el fin siempre llega), no hay lugar para ambos: uno de nosotros va a morir.

El desasosiego es continuo, mi obsesión por él ya se adjudicó mi primer poemario y ahora se mete en mi sangre como una transfusión inoportuna, consumiéndome la energía necesaria para terminar mi novela. Al son de una sinfonía de Mahler, el poeta y yo somos luna y océano, atrayéndonos en un vaivén sinfín, formando mareas. La desesperanza se vuelve crónica:  sé que el poeta no existe, y, sin embargo, es más real que muchos seres que conozco. Solo a él evoco al escribir de amor. ¿Me enamoré de mi propia creación? Soy su dramaturga, es cierto, pero él se resiste a comportarse como anticipo y siempre me sorprende.  

En noches cerradas me despierta su susurro, palabras de miel crepitan en el oído de quien las escucha: aprieto trabajosamente los párpados tratando de retenerlas, memorizo el tono de su voz. Me busca, me clama, me pide que lo escriba.  Me dice que sabe que el deseo duele, me dice que escriba sin miedo al qué dirán, sin contemplaciones con el que se pueda ofender, me pide que honre y aproveche la sinrazón o la desdicha, me pide que transforme la nostalgia en poesía, en algo útil, y que escriba, que escriba todo para no olvidar.

Este poeta es un invento. He intentado moldearlo a hombres reales que conozco, y no es precisamente que el personaje les quede grande, a veces es demasiado estrecho o angosto, esquivo o taciturno. Le he puesto el bigote de éste, la cara de aquél. Es reservado e intenso, puedo leer un fuego en su mirada que me ata a querer descubrirlo, o descubrirme. Si, es un misterio, ¿y quién no se enamora de un poeta misterioso?. Para ser honesta no lo sé, se parece más a una adicción a la nostalgia, esa que precisamos los románticos para morirnos de pena en vida. Será porque me deshago en ganas de sentir, y el poeta inmaterial me resulta más accesible que establecer un vínculo real.

No obstante, lo cierto es que ya no quiero arder en esta terrible pasión. Por fin quiero perderme aquí, en amores correspondidos, tibios. Reales, por sobre todo. Me urge reconectar con seres humanos de carne y hueso. Tomo consciencia de que tengo que despedirme de él: me está matando al alienarme con su lírica.

Pero el poeta se va a negar a morir, lo sé, por eso busco una casa en la playa, junto al mar, lejos del ruido citadino, y le pido que no aparezca hasta terminar de escribir, que me deje completar la novela. Escribo con un ímpetu salvaje, día y noche (sé que serán los últimos versos que le dedicaré), hasta que por fin la novela queda pronta, y cedo, lo evoco.

Se presenta ante mí y resulta más tierno y menos imponente de lo que me imaginé. Me intimida y enternece. Vaciamos incontables copas de vino y hacemos el amor hasta quedar hechos un nudo, intento fijar en mis recuerdos su olor. Son pocos los minutos que nos quedan y trato de aprovecharlos como quien se sabe condenada a una vida sin pasión. Saco sigilosamente mi pluma, mientras él duerme en mis brazos. Lo dibujo, redondo, perfecto: el punto final sobre el pecho. En el acto muere el objeto de mi amor, el agua sube a las bibliotecas, se desparrama la tinta en el desierto, cae una maldición sobre todos los enamorados de esta tierra, y yo cubro el cuerpo del poeta con mis plumas de avestruz.

Desgarrada por dentro, cubierta en lágrimas negras por fuera, subo al auto y regreso a la capital, trayendo conmigo mi novela, la estilográfica, y media alma en pena.

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Nota al pie:

No podré abandonarlo así. Manejaré un rato, pero volveré sobre lo andado. Lo encontraré inerte, tendido tal y como había quedado. Le dibujaré dos puntos, más pequeños, a la diestra del anterior. Así lo dejaré, suspendido en el tiempo, al poeta…

De tripas corazón


Es una noche cerrada en el pueblo San Valentín. Jorge camina a buen ritmo pero cada pocos pasos se detiene. Vacila. Vuelve tras sus pasos. Ensimismado y con la cabeza gacha llega al bolichongo y entra.

―¿Qué hacé, Negro? Vistes que arranco a laburá acá.
―Suerte, loco, en tu primer día. Cualquier cosa me avisás.
―Má vale, bo.

Se acoda en la barra y se pone en puntas de pie, levanta la cola e infla el pecho. El pantalón de jean le revienta la entrepierna y las tiras de los tacos le surcan los pies que comienzan a edematizarse. “Tranquilo que esto recién empieza”  piensa. “Hay que hacer de tripas corazón” le decía siempre su madre, “los pobres no podemos elegir hacer siempre lo que nos gusta”. Piensa en cómo necesita un abrazo de su madre en ese momento. Percibe que un hombre se le acerca por la espalda y le pone la mano en la cintura.

―¿Cómo te llamas reina?
―Cupido.
―¿Cupido? ¡Pero Cupido es nombre de hombre! ¿Vos no sos una reina?
―Soy la reina Cupido. ¿Te interesa, o no?
―Depende cuánto sea.
―Completo 1800,  800 el pete.
―¡Tas cara reina!
―Bueno entonces rajá que otros lo pagan ―le hace una seña al Negro para que lo ahuyente .
―Tranquilos, tranquilos que yo me voy solito

Jorge vuelve a su actitud postural laboral. Se pide un whisky para aflojar los nervios. Cuando los glúteos ya se le están contracturando siente otra voz al oído.

―Hola mamita.

No necesita darse la vuelta. Lo reconoce. Esa voz la lleva grabada a fuego en la memoria. De todas las personas que podían entrar a ese bar esa noche, tenía que ser él.

―¿Y mamita no te vas a dar vuelta?
Jorge gira.
―Hola, tío.
―¿Vos? ¿Acá?
―Si yo, si. ¿Te acordá cuando era chico y me comía la oreja con que mi culo valía fortunas? ¿Te acordá, o no? ¿Te acordá del versito ese que cantabas? Bueh ahora necesito guita. Así que acá toy.
―Pero Jorgito… digo, ¿cómo te llamás ahora?
―Cupido.
―¿Cupido?
―Si, Cupido.
―Bueno Cupido, si querés subimos y recordamos viejos tiempos. Guita tengo.

Tratando de controlar las náuseas, Jorge toma el vaso y sigue a su tío hacia el cuarto. Apenas entran el tío lo empieza a besar. Jorge se sacude incómodo.

―No dejá, loco, besos no.
―Bueno déjate de joder con mariconeadas, dijiste que necesitás la guita,  ¿o no?

Asqueado Jorge se saca al pantalón y se sube a la cama en cuatro patas. El tío se acerca despacio, lo penetra con fuerza y le tira el dinero sobre la espalda.

―Ahhh ahora me está volviendo el versito. Ahhh siiii  ahí vieneeee ¿cómo era?
Jorgito querido
me das un besito
pobre tu tío
necesita un mimito.

Jorge, nauseabundo, se aferra al vaso de whisky que aún sostiene en una mano y fija en su mente las palabras de su madre, antes de desvanecerse.

Cuentan los habitantes del pueblo, que al siguiente día hallarán el vaso roto, los billetes empapados en el whisky, al tío con un tajo y sin vida, y un tumefacto triperío sangrante moldeado con la forma de un corazón sobre las sábanas rojas.  

De Cupido no se sabe mucho, solo que no aparece más en San Valentín.

jueves, 3 de enero de 2019

El estuche en el rincón



Por fin parece que el verano decide caer en cuenta de que es diciembre, y hace descender la noche más calurosa del año sobre la ciudad donde se acuestan María, su hijo, y el resto de los ciudadanos, al ruido de las sirenas que marcan el inicio del toque de queda. Al amanecer se levanta María con un mal augurio, corre al cuarto de su hijo y encuentra toda la habitación revuelta. Cae de rodillas frente a la cama, y se lleva las manos a la boca tratando sin éxito de reprimir un vómito que le sale lanzado desde las tripas. De inmediato sabe que lo peor ha acontecido, las señales de lucha son claras: nadie podría llevarse contra su voluntad al único fruto de su vientre, sin dejar, tras de sí, rastros de resistencia. Va a llegar también la llamada confirmatoria en horas de la madrugada, vos quedáte quietita, no busques, no te muevas. 

Va a caer así mismo, sobre María, la primera de las noches sin luna, mientras su boca sigue abierta como aquellos pájaros evocando lombrices, aunque ya ningún sonido escapa de su garganta. Como no va a escapar sonido alguno nunca más, ni cuando la prima Estrella le trae aquel estuche. Es para que te acompañe, llega a explicar su prima, mientras ella no puede reciprocar ni siquiera con una mirada cordial tal muestra de afecto. 

Es así como aquel gran estuche negro pasa a ocupar un rincón en la casa en la que María desborda de ausencias. Con el transcurrir de las horas devenidas en sucesivos diciembres, el estuche va a pasar, de ser imperceptible, a aturdir con su sola presencia. También va a suceder que llega la noche en la que María pierde la cuantía de las horas de insomnio y, desolada, se acerca al estuche y lo abre. 

Lo que ve la estremece y la provoca. Las curvas la asedian desde el rincón y hasta le resulta algo inmoral tocarlas, pero sus manos la desobedecen, a sus dedos les urge encontrarse con esas tensas cuatro cuerdas. Toma el arco y lo desliza sobre ellas rozándolas apenas, y a María le resulta el banquete más delicioso que su alma ha recibido jamás. 

De igual manera va a intentar saciarse todas las siguientes noches sin luna, cuando retorna a su casa desmedrada de trabajo e indagaciones, y la habitación que sigue intacta, y solo logra calmar el llanto mudo de su aliento perdiéndose en las cuerdas. En cada acorde suplica por ella, la señora de la balanza, la que le habían prometido que tarda pero que llega, pero que no, no llega; y también está la desesperanza que acecha. 

Cuando a una María ya raída por el paso del tiempo, enclenque de tanto esfuerzo y desvencijada de ausencias, le van a ofrecer un reconocimiento por nunca dejar de buscar a su hijo, le van a dar un beso, un abrazo, y una medalla en un estuche, también negro, el mismo estuche, pero distinto, vacío. Por siempre vacío.

martes, 25 de diciembre de 2018

Un hombre con el espinazo torcido




Un hombre con el espinazo torcido cruzó las puertas del Palacio Salvo. Hacía dos horas que había decidido no vivir más. El detonante fue encontrar a su mujer con el vecino, en su departamento, un día de semana, a la hora de la siesta. Entró a destiempo buscando unos papeles que se había olvidado y los vio haciendo el perrito contra la ventana. Quedó espantado y fascinado; su mujer era lo único que lo mantenía atado a la vida.  Sin saberlo, lo había liberado.
Salió de su apartamento y peregrinó dos horas hacia su destino final; eran tan solo veinte cuadras, pero las vértebras eran cuchillos que lo desgarraban en cada exhalación. Fue una caminata solemne, los edificios parecían más limpios, la gente más amigable y los ruidos menos molestos;  todo cambiaba si se miraba por última vez, no había prisa una vez elegido el destino final. También le quemaba el sobaco. Había consultado con el oncólogo, pero el doctor había insistido que nada tenía que ver el dolor con el sarcoma. Usted está en cuidados paliativos, le decía, a veces la morfina hace que uno se imagine cosas.  
Cruzó apurando el paso la entrada al Palacio Salvo. Saludó al portero sin mirarlo. Se tomó el ascensor hasta la azotea. Forzó la puerta que estaba clausurada hacía años. Se trepó al barandal. La Plaza Independencia se veía linda desde la altura. Podía ver el Rio de la Plata, la peatonal principal de la Ciudad Vieja minada de turistas. Reconoció la Plaza Zabala. Se quedó un rato contemplando las palomas.  Me estoy distrayendo, pensó, con miedo a arrepentirse. Se arrimó al borde. Esperó para ver si alguien gritaba para frenarlo o algo, pero nada. El dolor axilar se volvía insoportable.
Pegó un grito para envalentonarse, cerró los ojos y se tiró. Por debajo del sobaco se le rajaba la piel y empujadas desde las vértebras empezaron a salirle plumas y más plumas. Le hacían cosquillas debajo de los brazos por lo que instintivamente los abrió, y también los ojos. La caída libre se desaceleró. Al llegar cerca del suelo comenzó a batir los brazos y salió eyectado hacia arriba. Se observó las alas tupidas y le pareció tan natural que se extrañó de no haberlas tenido antes. Comenzó a planear por encima de la plaza. No quería disfrutarlo, pero de repente se encontró que no podía cerrar los labios por sobre la sonrisa. Voló por encima del monumento a Artigas. Qué lindo se ve de acá todo, pensó. Pasó rasante por encima del carro de panchos y de la fila de turistas allí apostados.
Asustó a todas las palomas que levantaron vuelo al verlo y saludó a una vieja al pasar. A un pibe que andaba en patineta le tiró una guiñada antes de arrebatarle el gorro. Se metió entre los dos pilares de la Puerta de la Ciudadela, y circundando la plaza, ya cansado, decidió aterrizar. Locales y turistas se agolparon a ver el espectáculo. El murmullo aumentó conforme la gente se le acercaba, y el hombre pensó que nunca lo habían mirado así en toda su vida. Ni en cantidad ni en calidad.
Al instante de apoyarse en los adoquines se arrepintió. El escalofrío lo recorrió de los pies a la cabeza, subiendo por el espinazo siempre maltrecho. Mientras gemía sofocado las alas se le desprendieron del cuerpo y cayeron al piso, como si fuesen de utilería. Consternado y avergonzado y enfrentado a una multitud expectante, recogió su dignidad y se dirigió con ella y su maltrecho cuerpo, otra vez, en rumbo al Palacio, deseando que el portero no notara su insistencia.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El diario no hablaba de ti (ni de mí)



Martín: Y, gorda, ¿cómo te fue? ¿Mucha gente?

Paola: Demasiada, suerte que no viniste. Nadie fue con los maridos al final.

Martín: ¡Viste, te dije! Me querías clavar con el salame del Beltrán ese.

Paola: Boscán. Se llama Boscán. Y ya te dije que no me gusta que hables así del esposo de una amiga.

Martín: El cómo-se-llame ese. Si Patricia ni siquiera es tu amiga, no jodas, gorda. El otro día le sacabas el cuero porque se está clavando al jefe, ¿o no? Bastante trola tu "amiga".

(Gesticula.)

Paola: Es mi amiga, sí, y se siente sola. No creo que se lo esté clavando. Calculo que necesita alguien que la escuche.

(Silencio.)

Paola: Igual Boscán tampoco fue. Está de viaje, otra vez. Al final Patricia tiene razón, nunca está, no la escucha. ¿Che, me cambio y salimos? ¿Qué leés?

Martín: El diario. No te cambies, estás divina. Ya no sé si leo para enterarme de las noticias o criticar a los redactores. Hay horrores más que errores.

(Vuelve a su lectura. Paola chusmea los titulares por encima de su hombro.)

Paola: Cero nafta en las estaciones. Es terrible. Siempre nos jodemos los que laburamos… ¿Realmente se creen que estas medidas son efectivas?

Martín: (Sin dejar de leer.) No, no. Hacen paro solo para joderte a vos. Mirá esto.

Paola: ¡Qué tarado! ¿Qué? Leeme, que estoy sin lentes.

(Martín se acomoda el diario en las piernas, mientras las cruza.)

Martín: (Lee.) "La poeta uruguaya Ida Vitale, de noventa y cinco años, ha sido galardonada con el premio Cervantes 2018. Vitale es la quinta mujer reconocida por este premio que ha sido concedido a cuarenta hombres. El escritor nicaragüense Sergio Ramírez celebró la decisión, subrayando que "no se otorga el premio por ser hombre o mujer, sino por la calidad de una obra que queda fuera de toda duda"".

(Sacude las páginas del diario y cambia bruscamente de página.)

Esto del feminismo me tiene podrido. No les alcanza con prohibir los piropos y boicotear todo tipo de expresión pública de masculinidad, sino que ahora también hay que repartir los premios con ustedes, cuando la igualdad de méritos es bastante cuestionable.

(Lee.) "Colectivo de actrices argentinas formulan una denuncia penal por violación contra reconocido actor".

(Baja el diario y habla mirando hacia afuera de la ventana)

Intentar explicarles a estas energúmenas la noción de "punto de vista" es como hablarle a un mandril de física cuántica. Les preguntaría ¿cómo llegó la mina al cuarto del hombre?, ¿alguien oyó el no?, ¿cuánto escaló la carrera de la actriz ésta después del supuesto abuso? Te miran indignadas, como con un derecho divino a ser juez y parte de la opinión. ¿En qué momento llegamos a este estado? ¿Hay algo más triste que pensar a los hombres y mujeres en términos de equidad? Procuramos cambiar el patriarcado pensando que así viviríamos sin tanto conflicto. Pero solo estamos en contacto con el horror. Y lo peor no es enfrentarse, día a día, con la violencia más atroz. Lo peor es imaginar el día de mañana. Esas minas sublevadas son el futuro. ¿Quién puede conocerlas y no hundirse en la desesperación? Los catastrofistas pronostican la invasión de los bárbaros y yo digo: ya están aquí; las bárbaras ya están aquí, en nuestras casas.

(Pasa otra página.)

Paola: Te juro que no sabría que decirle. Boscán nunca está, es cierto. Pero meterle los cuernos así. No sé, no da. Pero separarse, con los chicos de por medio… y además lo quiere. Yo la entiendo, es la costumbre, son muchos años. ¿Me estás escuchando?

(Martín está absorto en lo que lee.)

Paola: ¿Pasa algo?

(Silencio.)

Martín: (Lee.) "Suplemento Eme de Mujer. Conocé las últimas tendencias en decoración para esta navidad. Este año la combinación de colores tierra como el marrón o el gris deben estar acompañados de plantas secas o naturales, como el eucalipto o el pino, las cuales no solo combinarán colores sino también dejarán tu casa con un aroma especial. Las artesanías toman un protagonismo importante en elementos que pueden ser colocados en el árbol o como complementos en toda la casa. De combinarse con detalles de otros países, le dará un carácter cosmopolita al ambiente navideño".

(Silencio.)

Paola: ¿Eso dice?

Martín: Sí, cosmopolita.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La verdadera historia de la tapera en Santa Marta






La última vez que vamos a ver a Sara es en aquel boliche de la Ciudad Vieja, en la presentación del último libro del Profesor, La Triste Sospecha. Estamos todos los alumnos del viejo, por respeto a la obra de toda su vida el lugar está lleno, pero ya hace rato que sus novelas carecen de la calidad que habían conocido antaño. El Profesor había perdido la magia. Vamos llamados por la nostalgia de aquel Santa Marta, el pueblo creado por el maestro como locación para sus relatos. Nos recibe una imponente ilustración a grafo de Iris Duarte la protagonista de la saga que le valió el prestigio, quizás sobrevalorada como personaje principal ―con una sensualidad que desborda el afiche, y además está la luz tibia, el gusto al whisky, al tango, y al encuentro con otros autores de culto, que nos induce a un estado de trance ya antes de entrar al local.



Cuando el viejo comienza la lectura estamos exactamente todos los lectores incondicionales que le quedan al momento. Hace rato carecemos de objetividad,  somos arrastrados por la leyenda del autor existencialista y una inentendible fascinación por Iris. Algunos minutos ya adentrados en la lectura nos sentimos íntimamente defraudados. El viejo se repite a sí mismo, va a dedicar las primeras seis páginas del libro a la descripción de la tapera de barro y troncos que habita Iris, en una descripción casi análoga y en paralelo al sucio y alienado pueblo de Santa Marta.  No habrá sorpresas, ya lo sabemos. Nuestra mente escapa entonces a desdoblar a una Iris desbordante de un erotismo reprimido, de su musa, nuestra antigua compañera y actual mujer del viejo, Sara.



Vemos a la eterna Iris atrapada en perpetuos escenarios opresivos, lúgubres hasta la desesperanza, donde el viejo podía a su antojo convertirla en mártir y heroína de la testosterona del coprotagonista. Sara vive básicamente recluida, desde su pésima idea del concubinato, pidiéndole permiso al maestro para actuar. Sabemos que ya no escribe. Podemos ver en la imagen de fragilidad de Iris y su desencanto, en la forma lasciva y manipuladora de describirla, como incómodos y cómplices espectadores hasta el devenir del asco una cualidad que conservaba el maestro era hacernos mirar como miraba él la tortura silenciosa a la que somete a Sara. Es evidente que nuestra antigua compañera escritora ejerce sobre el viejo una influencia notable y, sin embargo, obedece a sus chantajes emocionales sin revelarse. En el libro Iris sucumbe a la seducción del viejo protagonista a acompañarlo a su inmunda tapera, y allí entra, temblando de frio o de miedo mientras el viejo prende la estufa. Cuando llega el momento de notar que han pasado semanas de cautiverio está débil, mareada. No nos cuesta imaginar a Sara entrando al apartamento del profesor, o a su vida, con el mismo terror impávido de alumna cautivada que había demostrado desde el primer día de taller, con el mismo gesto que la vemos años después seguir subyugada a los caprichos de su antiguo profesor.



Claro, esto lo vemos solo nosotros, los demás asistentes a la lectura no lo descifran en el libro Iris se esmalta las uñas de los pies mientras la puerta de la tapera golpetea por el viento, destrabada, dejándole la posibilidad de huir. No sabemos si es una metáfora para la supuesta libertad que el viejo cree darle a Sara, o un truco literario que justifique la agorafobia de su concubina, pero lo cierto es que Iris prende un cigarro, quizás mientras espera el retorno del viejo, quizás para matar la soledad en sus pulmones, vestida con el mismo camisón traslúcido con el que se levantó, sintiendo el peso de  la tapera, de Santa Marta, del viejo jadeando sobre ella, pero sobre todo, cargando con todo el peso de Sara a cuestas.