jueves, 14 de febrero de 2019

Lágrimas negras


Bailo con él entre la literalidad y el erotismo, un juego que resulta perverso, tan adictivo como repugnante, con olor a enfermizo y que es probable que sea letal. Los dos sabemos que en el final de esta historia (y el fin siempre llega), no hay lugar para ambos: uno de nosotros va a morir.

El desasosiego es continuo, mi obsesión por él ya se adjudicó mi primer poemario y ahora se mete en mi sangre como una transfusión inoportuna, consumiéndome la energía necesaria para terminar mi novela. Al son de una sinfonía de Mahler, el poeta y yo somos luna y océano, atrayéndonos en un vaivén sinfín, formando mareas. La desesperanza se vuelve crónica:  sé que el poeta no existe, y, sin embargo, es más real que muchos seres que conozco. Solo a él evoco al escribir de amor. ¿Me enamoré de mi propia creación? Soy su dramaturga, es cierto, pero él se resiste a comportarse como anticipo y siempre me sorprende.  

En noches cerradas me despierta su susurro, palabras de miel crepitan en el oído de quien las escucha: aprieto trabajosamente los párpados tratando de retenerlas, memorizo el tono de su voz. Me busca, me clama, me pide que lo escriba.  Me dice que sabe que el deseo duele, me dice que escriba sin miedo al qué dirán, sin contemplaciones con el que se pueda ofender, me pide que honre y aproveche la sinrazón o la desdicha, me pide que transforme la nostalgia en poesía, en algo útil, y que escriba, que escriba todo para no olvidar.

Este poeta es un invento. He intentado moldearlo a hombres reales que conozco, y no es precisamente que el personaje les quede grande, a veces es demasiado estrecho o angosto, esquivo o taciturno. Le he puesto el bigote de éste, la cara de aquél. Es reservado e intenso, puedo leer un fuego en su mirada que me ata a querer descubrirlo, o descubrirme. Si, es un misterio, ¿y quién no se enamora de un poeta misterioso?. Para ser honesta no lo sé, se parece más a una adicción a la nostalgia, esa que precisamos los románticos para morirnos de pena en vida. Será porque me deshago en ganas de sentir, y el poeta inmaterial me resulta más accesible que establecer un vínculo real.

No obstante, lo cierto es que ya no quiero arder en esta terrible pasión. Por fin quiero perderme aquí, en amores correspondidos, tibios. Reales, por sobre todo. Me urge reconectar con seres humanos de carne y hueso. Tomo consciencia de que tengo que despedirme de él: me está matando al alienarme con su lírica.

Pero el poeta se va a negar a morir, lo sé, por eso busco una casa en la playa, junto al mar, lejos del ruido citadino, y le pido que no aparezca hasta terminar de escribir, que me deje completar la novela. Escribo con un ímpetu salvaje, día y noche (sé que serán los últimos versos que le dedicaré), hasta que por fin la novela queda pronta, y cedo, lo evoco.

Se presenta ante mí y resulta más tierno y menos imponente de lo que me imaginé. Me intimida y enternece. Vaciamos incontables copas de vino y hacemos el amor hasta quedar hechos un nudo, intento fijar en mis recuerdos su olor. Son pocos los minutos que nos quedan y trato de aprovecharlos como quien se sabe condenada a una vida sin pasión. Saco sigilosamente mi pluma, mientras él duerme en mis brazos. Lo dibujo, redondo, perfecto: el punto final sobre el pecho. En el acto muere el objeto de mi amor, el agua sube a las bibliotecas, se desparrama la tinta en el desierto, cae una maldición sobre todos los enamorados de esta tierra, y yo cubro el cuerpo del poeta con mis plumas de avestruz.

Desgarrada por dentro, cubierta en lágrimas negras por fuera, subo al auto y regreso a la capital, trayendo conmigo mi novela, la estilográfica, y media alma en pena.

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Nota al pie:

No podré abandonarlo así. Manejaré un rato, pero volveré sobre lo andado. Lo encontraré inerte, tendido tal y como había quedado. Le dibujaré dos puntos, más pequeños, a la diestra del anterior. Así lo dejaré, suspendido en el tiempo, al poeta…

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