miércoles, 27 de febrero de 2019

Tabula Rasa


El pasto en diferentes tonos de verde, el trinar del churrinche en la rama, sobre la baldosa partida un envoltorio de caramelo, girando una bolsa de plástico, el aroma del cielo de primavera y después, la nada. Juro que no me acuerdo de nada más. 

Si me concentro lo suficiente, no obstante, creo poder recordar cómo empieza aquella tarde. El grandioso Falcon verde me espera a la salida del colegio, con las manos de mi querida madre al volante. 

―Amelia, hoy no me quedo a esperarte. Te volvés a casa con el Bocha. 

Una tarde tan normal como cualquier otra tarde: asisto al mejor colegio bilingüe de Manaos, nunca presto demasiada atención en clase, salvo en inglés y quizás en literatura, tengo un puñado de buenas amigas y un primer amigovio desabrido. Al tiempo que mi padre reparte órdenes a mansalva en un banco, mi madre me va a buscar al colegio, y me lleva a practicar equitación. Entreno dos horas diarias con caballos traídos especialmente para mí de Europa, y el simpático y confiable Bocha es mi adorado entrenador hace ya seis años. 

Bajo su tutela me he convertido de una amazona mediocre a campeona nacional, de niña insegura a adolescente irreverente. Practicamos en los picaderos del cuartel en que el Bocha es coronel. 

Recuerdo que esa tarde el entrenamiento es especialmente duro, preparamos desempates a contrarreloj sobre una altura máxima, lo que hace surgir el temperamento más primitivo de mis contrapartes, el zaino vuela dócil sobre las vallas, mientras que la yegua se muestra molesta ante la exigencia, corcovea en cada curva y se niega a saltar un par de obstáculos. 

Después de desensillar, el Bocha me dice que me quiere mostrar los avances de la oficina que está construyendo en el cuartel. Mientras caminamos me cuenta orgulloso cómo, con unos billetes negros que fue apartando, está construyendo esa oficina para él y los oficiales que lo sucederán. 

La construcción es del tamaño de una casa de huéspedes, con tres piezas. Entramos directo a una luminosa oficina desde donde veo, por una puerta abierta, los azulejos del baño. Algo me dice sobre el dormitorio, o que ahí piensa dormitar sus siestas, o que está todavía en escombros, o que por eso no me lo muestra. Creo. Lo que más orgulloso lo tiene es el cuero italiano que consiguió para tapizar los silloncitos frente al escritorio. En uno de ellos se sienta. No deja de hablar del cuero marrón. 

―¿Te gusta cómo va quedando?
―Está quedando muy lindo todo. Te felicito.
―Vení, sentate un poco acá conmigo ―se palmea la falda. Me descoloca. Miro por la ventana. Trago con dificultad.
―No tengo ganas. Estoy muy transpirada, además.
―Dale, de niña eras más tierna. En que mujer más arisca te estás convirtiendo. Te parecés a tu yegua.
No sé por qué le hago caso. No quiero, pero no se me ocurre desobedecer. Me siento en sus piernas.
―Estás muy huesuda ―dice, mientras me sujeta de la cintura con las dos manos. Comienza a moverme acomodándose. 

Percibo su erección por debajo de mi pantalón de montar y del suyo. Me concentro en las hojas sobre el escritorio de roble y una bandera amarilla, verde y azul que no ondea. En la vitrina enfrente, una serie de negros fusibles están alineados por orden que parece ser de altura o de malignidad. A mi derecha una biblioteca a medio llenar. A mi izquierda, un ventanal, y el afuera. 

Por cierto, tampoco puedo recordar cuánto tiempo está el hombre ese jadeándome en el pelo y sacudiendo mis caderas. 

―Levantate, nena, que te tengo que llevar a tu casa. 

Me levanto y se va al baño. Cierra la puerta al entrar y aprovecho a salir. Afuera está hermoso. Casi igual que al entrar. El pasto en diferentes tonos de verde, el trinar del churrinche en la rama, sobre la baldosa partida un envoltorio de caramelo, girando una bolsa de plástico, el aroma del cielo de primavera y después, la nada. Juro que no me acuerdo de nada más.

jueves, 14 de febrero de 2019

Lágrimas negras


Bailo con él entre la literalidad y el erotismo, un juego que resulta perverso, tan adictivo como repugnante, con olor a enfermizo y que es probable que sea letal. Los dos sabemos que en el final de esta historia (y el fin siempre llega), no hay lugar para ambos: uno de nosotros va a morir.

El desasosiego es continuo, mi obsesión por él ya se adjudicó mi primer poemario y ahora se mete en mi sangre como una transfusión inoportuna, consumiéndome la energía necesaria para terminar mi novela. Al son de una sinfonía de Mahler, el poeta y yo somos luna y océano, atrayéndonos en un vaivén sinfín, formando mareas. La desesperanza se vuelve crónica:  sé que el poeta no existe, y, sin embargo, es más real que muchos seres que conozco. Solo a él evoco al escribir de amor. ¿Me enamoré de mi propia creación? Soy su dramaturga, es cierto, pero él se resiste a comportarse como anticipo y siempre me sorprende.  

En noches cerradas me despierta su susurro, palabras de miel crepitan en el oído de quien las escucha: aprieto trabajosamente los párpados tratando de retenerlas, memorizo el tono de su voz. Me busca, me clama, me pide que lo escriba.  Me dice que sabe que el deseo duele, me dice que escriba sin miedo al qué dirán, sin contemplaciones con el que se pueda ofender, me pide que honre y aproveche la sinrazón o la desdicha, me pide que transforme la nostalgia en poesía, en algo útil, y que escriba, que escriba todo para no olvidar.

Este poeta es un invento. He intentado moldearlo a hombres reales que conozco, y no es precisamente que el personaje les quede grande, a veces es demasiado estrecho o angosto, esquivo o taciturno. Le he puesto el bigote de éste, la cara de aquél. Es reservado e intenso, puedo leer un fuego en su mirada que me ata a querer descubrirlo, o descubrirme. Si, es un misterio, ¿y quién no se enamora de un poeta misterioso?. Para ser honesta no lo sé, se parece más a una adicción a la nostalgia, esa que precisamos los románticos para morirnos de pena en vida. Será porque me deshago en ganas de sentir, y el poeta inmaterial me resulta más accesible que establecer un vínculo real.

No obstante, lo cierto es que ya no quiero arder en esta terrible pasión. Por fin quiero perderme aquí, en amores correspondidos, tibios. Reales, por sobre todo. Me urge reconectar con seres humanos de carne y hueso. Tomo consciencia de que tengo que despedirme de él: me está matando al alienarme con su lírica.

Pero el poeta se va a negar a morir, lo sé, por eso busco una casa en la playa, junto al mar, lejos del ruido citadino, y le pido que no aparezca hasta terminar de escribir, que me deje completar la novela. Escribo con un ímpetu salvaje, día y noche (sé que serán los últimos versos que le dedicaré), hasta que por fin la novela queda pronta, y cedo, lo evoco.

Se presenta ante mí y resulta más tierno y menos imponente de lo que me imaginé. Me intimida y enternece. Vaciamos incontables copas de vino y hacemos el amor hasta quedar hechos un nudo, intento fijar en mis recuerdos su olor. Son pocos los minutos que nos quedan y trato de aprovecharlos como quien se sabe condenada a una vida sin pasión. Saco sigilosamente mi pluma, mientras él duerme en mis brazos. Lo dibujo, redondo, perfecto: el punto final sobre el pecho. En el acto muere el objeto de mi amor, el agua sube a las bibliotecas, se desparrama la tinta en el desierto, cae una maldición sobre todos los enamorados de esta tierra, y yo cubro el cuerpo del poeta con mis plumas de avestruz.

Desgarrada por dentro, cubierta en lágrimas negras por fuera, subo al auto y regreso a la capital, trayendo conmigo mi novela, la estilográfica, y media alma en pena.

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Nota al pie:

No podré abandonarlo así. Manejaré un rato, pero volveré sobre lo andado. Lo encontraré inerte, tendido tal y como había quedado. Le dibujaré dos puntos, más pequeños, a la diestra del anterior. Así lo dejaré, suspendido en el tiempo, al poeta…

De tripas corazón


Es una noche cerrada en el pueblo San Valentín. Jorge camina a buen ritmo pero cada pocos pasos se detiene. Vacila. Vuelve tras sus pasos. Ensimismado y con la cabeza gacha llega al bolichongo y entra.

―¿Qué hacé, Negro? Vistes que arranco a laburá acá.
―Suerte, loco, en tu primer día. Cualquier cosa me avisás.
―Má vale, bo.

Se acoda en la barra y se pone en puntas de pie, levanta la cola e infla el pecho. El pantalón de jean le revienta la entrepierna y las tiras de los tacos le surcan los pies que comienzan a edematizarse. “Tranquilo que esto recién empieza”  piensa. “Hay que hacer de tripas corazón” le decía siempre su madre, “los pobres no podemos elegir hacer siempre lo que nos gusta”. Piensa en cómo necesita un abrazo de su madre en ese momento. Percibe que un hombre se le acerca por la espalda y le pone la mano en la cintura.

―¿Cómo te llamas reina?
―Cupido.
―¿Cupido? ¡Pero Cupido es nombre de hombre! ¿Vos no sos una reina?
―Soy la reina Cupido. ¿Te interesa, o no?
―Depende cuánto sea.
―Completo 1800,  800 el pete.
―¡Tas cara reina!
―Bueno entonces rajá que otros lo pagan ―le hace una seña al Negro para que lo ahuyente .
―Tranquilos, tranquilos que yo me voy solito

Jorge vuelve a su actitud postural laboral. Se pide un whisky para aflojar los nervios. Cuando los glúteos ya se le están contracturando siente otra voz al oído.

―Hola mamita.

No necesita darse la vuelta. Lo reconoce. Esa voz la lleva grabada a fuego en la memoria. De todas las personas que podían entrar a ese bar esa noche, tenía que ser él.

―¿Y mamita no te vas a dar vuelta?
Jorge gira.
―Hola, tío.
―¿Vos? ¿Acá?
―Si yo, si. ¿Te acordá cuando era chico y me comía la oreja con que mi culo valía fortunas? ¿Te acordá, o no? ¿Te acordá del versito ese que cantabas? Bueh ahora necesito guita. Así que acá toy.
―Pero Jorgito… digo, ¿cómo te llamás ahora?
―Cupido.
―¿Cupido?
―Si, Cupido.
―Bueno Cupido, si querés subimos y recordamos viejos tiempos. Guita tengo.

Tratando de controlar las náuseas, Jorge toma el vaso y sigue a su tío hacia el cuarto. Apenas entran el tío lo empieza a besar. Jorge se sacude incómodo.

―No dejá, loco, besos no.
―Bueno déjate de joder con mariconeadas, dijiste que necesitás la guita,  ¿o no?

Asqueado Jorge se saca al pantalón y se sube a la cama en cuatro patas. El tío se acerca despacio, lo penetra con fuerza y le tira el dinero sobre la espalda.

―Ahhh ahora me está volviendo el versito. Ahhh siiii  ahí vieneeee ¿cómo era?
Jorgito querido
me das un besito
pobre tu tío
necesita un mimito.

Jorge, nauseabundo, se aferra al vaso de whisky que aún sostiene en una mano y fija en su mente las palabras de su madre, antes de desvanecerse.

Cuentan los habitantes del pueblo, que al siguiente día hallarán el vaso roto, los billetes empapados en el whisky, al tío con un tajo y sin vida, y un tumefacto triperío sangrante moldeado con la forma de un corazón sobre las sábanas rojas.  

De Cupido no se sabe mucho, solo que no aparece más en San Valentín.