martes, 25 de diciembre de 2018

Un hombre con el espinazo torcido




Un hombre con el espinazo torcido cruzó las puertas del Palacio Salvo. Hacía dos horas que había decidido no vivir más. El detonante fue encontrar a su mujer con el vecino, en su departamento, un día de semana, a la hora de la siesta. Entró a destiempo buscando unos papeles que se había olvidado y los vio haciendo el perrito contra la ventana. Quedó espantado y fascinado; su mujer era lo único que lo mantenía atado a la vida.  Sin saberlo, lo había liberado.
Salió de su apartamento y peregrinó dos horas hacia su destino final; eran tan solo veinte cuadras, pero las vértebras eran cuchillos que lo desgarraban en cada exhalación. Fue una caminata solemne, los edificios parecían más limpios, la gente más amigable y los ruidos menos molestos;  todo cambiaba si se miraba por última vez, no había prisa una vez elegido el destino final. También le quemaba el sobaco. Había consultado con el oncólogo, pero el doctor había insistido que nada tenía que ver el dolor con el sarcoma. Usted está en cuidados paliativos, le decía, a veces la morfina hace que uno se imagine cosas.  
Cruzó apurando el paso la entrada al Palacio Salvo. Saludó al portero sin mirarlo. Se tomó el ascensor hasta la azotea. Forzó la puerta que estaba clausurada hacía años. Se trepó al barandal. La Plaza Independencia se veía linda desde la altura. Podía ver el Rio de la Plata, la peatonal principal de la Ciudad Vieja minada de turistas. Reconoció la Plaza Zabala. Se quedó un rato contemplando las palomas.  Me estoy distrayendo, pensó, con miedo a arrepentirse. Se arrimó al borde. Esperó para ver si alguien gritaba para frenarlo o algo, pero nada. El dolor axilar se volvía insoportable.
Pegó un grito para envalentonarse, cerró los ojos y se tiró. Por debajo del sobaco se le rajaba la piel y empujadas desde las vértebras empezaron a salirle plumas y más plumas. Le hacían cosquillas debajo de los brazos por lo que instintivamente los abrió, y también los ojos. La caída libre se desaceleró. Al llegar cerca del suelo comenzó a batir los brazos y salió eyectado hacia arriba. Se observó las alas tupidas y le pareció tan natural que se extrañó de no haberlas tenido antes. Comenzó a planear por encima de la plaza. No quería disfrutarlo, pero de repente se encontró que no podía cerrar los labios por sobre la sonrisa. Voló por encima del monumento a Artigas. Qué lindo se ve de acá todo, pensó. Pasó rasante por encima del carro de panchos y de la fila de turistas allí apostados.
Asustó a todas las palomas que levantaron vuelo al verlo y saludó a una vieja al pasar. A un pibe que andaba en patineta le tiró una guiñada antes de arrebatarle el gorro. Se metió entre los dos pilares de la Puerta de la Ciudadela, y circundando la plaza, ya cansado, decidió aterrizar. Locales y turistas se agolparon a ver el espectáculo. El murmullo aumentó conforme la gente se le acercaba, y el hombre pensó que nunca lo habían mirado así en toda su vida. Ni en cantidad ni en calidad.
Al instante de apoyarse en los adoquines se arrepintió. El escalofrío lo recorrió de los pies a la cabeza, subiendo por el espinazo siempre maltrecho. Mientras gemía sofocado las alas se le desprendieron del cuerpo y cayeron al piso, como si fuesen de utilería. Consternado y avergonzado y enfrentado a una multitud expectante, recogió su dignidad y se dirigió con ella y su maltrecho cuerpo, otra vez, en rumbo al Palacio, deseando que el portero no notara su insistencia.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El diario no hablaba de ti (ni de mí)



Martín: Y, gorda, ¿cómo te fue? ¿Mucha gente?

Paola: Demasiada, suerte que no viniste. Nadie fue con los maridos al final.

Martín: ¡Viste, te dije! Me querías clavar con el salame del Beltrán ese.

Paola: Boscán. Se llama Boscán. Y ya te dije que no me gusta que hables así del esposo de una amiga.

Martín: El cómo-se-llame ese. Si Patricia ni siquiera es tu amiga, no jodas, gorda. El otro día le sacabas el cuero porque se está clavando al jefe, ¿o no? Bastante trola tu "amiga".

(Gesticula.)

Paola: Es mi amiga, sí, y se siente sola. No creo que se lo esté clavando. Calculo que necesita alguien que la escuche.

(Silencio.)

Paola: Igual Boscán tampoco fue. Está de viaje, otra vez. Al final Patricia tiene razón, nunca está, no la escucha. ¿Che, me cambio y salimos? ¿Qué leés?

Martín: El diario. No te cambies, estás divina. Ya no sé si leo para enterarme de las noticias o criticar a los redactores. Hay horrores más que errores.

(Vuelve a su lectura. Paola chusmea los titulares por encima de su hombro.)

Paola: Cero nafta en las estaciones. Es terrible. Siempre nos jodemos los que laburamos… ¿Realmente se creen que estas medidas son efectivas?

Martín: (Sin dejar de leer.) No, no. Hacen paro solo para joderte a vos. Mirá esto.

Paola: ¡Qué tarado! ¿Qué? Leeme, que estoy sin lentes.

(Martín se acomoda el diario en las piernas, mientras las cruza.)

Martín: (Lee.) "La poeta uruguaya Ida Vitale, de noventa y cinco años, ha sido galardonada con el premio Cervantes 2018. Vitale es la quinta mujer reconocida por este premio que ha sido concedido a cuarenta hombres. El escritor nicaragüense Sergio Ramírez celebró la decisión, subrayando que "no se otorga el premio por ser hombre o mujer, sino por la calidad de una obra que queda fuera de toda duda"".

(Sacude las páginas del diario y cambia bruscamente de página.)

Esto del feminismo me tiene podrido. No les alcanza con prohibir los piropos y boicotear todo tipo de expresión pública de masculinidad, sino que ahora también hay que repartir los premios con ustedes, cuando la igualdad de méritos es bastante cuestionable.

(Lee.) "Colectivo de actrices argentinas formulan una denuncia penal por violación contra reconocido actor".

(Baja el diario y habla mirando hacia afuera de la ventana)

Intentar explicarles a estas energúmenas la noción de "punto de vista" es como hablarle a un mandril de física cuántica. Les preguntaría ¿cómo llegó la mina al cuarto del hombre?, ¿alguien oyó el no?, ¿cuánto escaló la carrera de la actriz ésta después del supuesto abuso? Te miran indignadas, como con un derecho divino a ser juez y parte de la opinión. ¿En qué momento llegamos a este estado? ¿Hay algo más triste que pensar a los hombres y mujeres en términos de equidad? Procuramos cambiar el patriarcado pensando que así viviríamos sin tanto conflicto. Pero solo estamos en contacto con el horror. Y lo peor no es enfrentarse, día a día, con la violencia más atroz. Lo peor es imaginar el día de mañana. Esas minas sublevadas son el futuro. ¿Quién puede conocerlas y no hundirse en la desesperación? Los catastrofistas pronostican la invasión de los bárbaros y yo digo: ya están aquí; las bárbaras ya están aquí, en nuestras casas.

(Pasa otra página.)

Paola: Te juro que no sabría que decirle. Boscán nunca está, es cierto. Pero meterle los cuernos así. No sé, no da. Pero separarse, con los chicos de por medio… y además lo quiere. Yo la entiendo, es la costumbre, son muchos años. ¿Me estás escuchando?

(Martín está absorto en lo que lee.)

Paola: ¿Pasa algo?

(Silencio.)

Martín: (Lee.) "Suplemento Eme de Mujer. Conocé las últimas tendencias en decoración para esta navidad. Este año la combinación de colores tierra como el marrón o el gris deben estar acompañados de plantas secas o naturales, como el eucalipto o el pino, las cuales no solo combinarán colores sino también dejarán tu casa con un aroma especial. Las artesanías toman un protagonismo importante en elementos que pueden ser colocados en el árbol o como complementos en toda la casa. De combinarse con detalles de otros países, le dará un carácter cosmopolita al ambiente navideño".

(Silencio.)

Paola: ¿Eso dice?

Martín: Sí, cosmopolita.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La verdadera historia de la tapera en Santa Marta






La última vez que vamos a ver a Sara es en aquel boliche de la Ciudad Vieja, en la presentación del último libro del Profesor, La Triste Sospecha. Estamos todos los alumnos del viejo, por respeto a la obra de toda su vida el lugar está lleno, pero ya hace rato que sus novelas carecen de la calidad que habían conocido antaño. El Profesor había perdido la magia. Vamos llamados por la nostalgia de aquel Santa Marta, el pueblo creado por el maestro como locación para sus relatos. Nos recibe una imponente ilustración a grafo de Iris Duarte la protagonista de la saga que le valió el prestigio, quizás sobrevalorada como personaje principal ―con una sensualidad que desborda el afiche, y además está la luz tibia, el gusto al whisky, al tango, y al encuentro con otros autores de culto, que nos induce a un estado de trance ya antes de entrar al local.



Cuando el viejo comienza la lectura estamos exactamente todos los lectores incondicionales que le quedan al momento. Hace rato carecemos de objetividad,  somos arrastrados por la leyenda del autor existencialista y una inentendible fascinación por Iris. Algunos minutos ya adentrados en la lectura nos sentimos íntimamente defraudados. El viejo se repite a sí mismo, va a dedicar las primeras seis páginas del libro a la descripción de la tapera de barro y troncos que habita Iris, en una descripción casi análoga y en paralelo al sucio y alienado pueblo de Santa Marta.  No habrá sorpresas, ya lo sabemos. Nuestra mente escapa entonces a desdoblar a una Iris desbordante de un erotismo reprimido, de su musa, nuestra antigua compañera y actual mujer del viejo, Sara.



Vemos a la eterna Iris atrapada en perpetuos escenarios opresivos, lúgubres hasta la desesperanza, donde el viejo podía a su antojo convertirla en mártir y heroína de la testosterona del coprotagonista. Sara vive básicamente recluida, desde su pésima idea del concubinato, pidiéndole permiso al maestro para actuar. Sabemos que ya no escribe. Podemos ver en la imagen de fragilidad de Iris y su desencanto, en la forma lasciva y manipuladora de describirla, como incómodos y cómplices espectadores hasta el devenir del asco una cualidad que conservaba el maestro era hacernos mirar como miraba él la tortura silenciosa a la que somete a Sara. Es evidente que nuestra antigua compañera escritora ejerce sobre el viejo una influencia notable y, sin embargo, obedece a sus chantajes emocionales sin revelarse. En el libro Iris sucumbe a la seducción del viejo protagonista a acompañarlo a su inmunda tapera, y allí entra, temblando de frio o de miedo mientras el viejo prende la estufa. Cuando llega el momento de notar que han pasado semanas de cautiverio está débil, mareada. No nos cuesta imaginar a Sara entrando al apartamento del profesor, o a su vida, con el mismo terror impávido de alumna cautivada que había demostrado desde el primer día de taller, con el mismo gesto que la vemos años después seguir subyugada a los caprichos de su antiguo profesor.



Claro, esto lo vemos solo nosotros, los demás asistentes a la lectura no lo descifran en el libro Iris se esmalta las uñas de los pies mientras la puerta de la tapera golpetea por el viento, destrabada, dejándole la posibilidad de huir. No sabemos si es una metáfora para la supuesta libertad que el viejo cree darle a Sara, o un truco literario que justifique la agorafobia de su concubina, pero lo cierto es que Iris prende un cigarro, quizás mientras espera el retorno del viejo, quizás para matar la soledad en sus pulmones, vestida con el mismo camisón traslúcido con el que se levantó, sintiendo el peso de  la tapera, de Santa Marta, del viejo jadeando sobre ella, pero sobre todo, cargando con todo el peso de Sara a cuestas.





sábado, 1 de diciembre de 2018

Incontinencia paternosentiverbal



Cuando la gente me ve en la televisión, en los congresos y en el aula, ¿saben lo que piensan? «Él soy yo», «yo puedo llegar a ser así de especial», «yo podría llegar a lo mismo que él, si quisiera». Bueno, ¿saben qué? No, no pueden. ¿Saben por qué? Porque son todos unos holgazanes, en este país no se concibe el trabajo duro, la triste realidad es que la mayoría vive en la más absoluta mediocridad, sin ambición, en un perpetuo letargo.  

Los pocos que descubrimos esto, los detectores de la pandemia llamada vulgaridad, hacemos algo al respecto; yo nací con todas las probabilidades en contra, era definitorio: o me volvía el mandamás o era como los lamebotas que me suplican que les consiga trabajo. Para los que dicen que escalo demasiado rápido o que no soy trigo limpio, les digo: si eso marca la diferencia para que mi familia tenga una buena vida y no tengan que vender entradas en el hipódromo todos los putos días de su vida, que así sea. Sociedad de cuarta, el sucio hipódromo. La mediocridad es el elefante en la habitación: van a una escuela mediocre, tienen sueños mediocres, familias mediocres. 

Hablemos del elefante. Mi familia es el elefante. Y yo me perpetúo a través de ellos, ¿es que no lo entienden? Los atravieso, sin verlos. Ellos son muy sentimentales y poco avivados. Mi hija es un poco más lúcida. Con mi esposa y mi hijo ya perdí las esperanzas. Igual creo que es lo mejor, convertirlos en lo que yo nunca fui porque así la vida les resulta más fácil que a mí. Quizás si son los mejores, yo también lo soy, comparándome. Comparándonos, con cualquiera. No entienden que estoy haciendo esto por su maldito bien, van a compensar todo lo que yo arruiné. No lo comprenden todavía, ya van a entender. Dos por tres lloran. ¿Por qué estás llorando? No llores guacha de mierda, desagradecida. Con todo lo que hago por ustedes. La vida es dura, pendejo. Más vale que te empieces a endurecer desde ya. Sé una buena chica, esforzarte un poco más, dale… vos podés. Hacelo por tu madre y por mí. 

A veces los miro con hastío. A veces con lástima. Pero siempre convencido de que es el único camino. Cuando ya no esté me lo van a agradecer. Saben qué, mi hija hoy salió segunda en un concurso. No la aplaudí cuando subió al podio, por supuesto. Cuando me la crucé venía sonriendo y conversando con las amigas como si nada. En cuanto la agarré sola le dije que los segundos no se pueden reír en absoluto, salvo que se conformen con ser segundones. Conformista. Y no pienso hablarle por dos semanas, para que sepa lo que es perder. El castigo se lo impone la vida misma si no, ya va a aprender. 

Ya basta de hipódromos o de criar pollos y gallinas en la granja mientras mis primos veranean, no voy a permitir que mi familia sean esclavos, no voy a permitir que el mundo que yo forme se limite a una granja; me dicen materialista, váyanse a la mierda, yo doy, doy demasiado; dicen que tengo un gran ego, váyanse a la recontra mierda, estoy humildemente agradecido de las oportunidades que se me han dado. Ahora sí, el único que las laburé, día y noche, soy yo. En eso, no le debo nada a nadie, salvo a la lucidez de mi ambición. Si, soy un padre duro y severo, pero llevaré a esta familia a buen puerto, aunque sea lo último que haga este capitán.

viernes, 16 de noviembre de 2018

El sindicato de la ilusión 


―¿Qué estás haciendo acá? ―le pregunté, sorprendida, cuando lo noté parado al lado mío. Nunca supe de donde apareció, pero le hice un lugar a mi lado, en el incómodo banco de madera.

―¿Querés la verdad o no? Nunca sé con vos.

―La verdad.

―La estoy esperando a ella―. Me señala con la vista a una mujer que paseaba un perro lanudo al otro lado de la plaza. Una mujer más linda, pero por sobre todo más joven que yo.

―¿Sabe que la esperás? Porque parece feliz.

Respondió a mi ironía con una mueca. Seguía con la vista fija en su mujer, y así, sin mirarme, disparó ―¿Estás triste? Te noto medio bajoneada.

―No, para nada. Estoy bien.

―Bien hundida, bien decepcionada, bien vacía, bien harta, bien rota, ¿así de bien?

―¿Terminaste? ―interrumpí, fastidiada.

―Supe que tus libros no se están vendiendo mucho. Sabés que justo ayer quedó vacante un puesto de periodista en La Diaria. No me mires así, yo no tuve nada que ver. La tonta no pudo dar tiempo al tiempo, y se metió una sobredosis. El caso es que me parece una buena oportunidad, el diario es importante y el puesto te puede venir como anillo al dedo.

―Pero métetelo en el culo, el laburo y ese diario de cuarta. Antes muerta ―. Le contesté sin pensar. Lo vi revolear los ojos.

―No me tientes, podría hablar con el jefe.

―Ya te dije que soy poeta. Y quiero seguirlo siendo. Encerrarme en un diario sería mi fin.

―Una poeta triste. ¿Podés ser más cliché?

―Seré una poeta triste, pero vos no dejás de querer andar siempre cerca mío.

―Yo podría pensar que es al revés. ¿Qué sería de vos sin mí? He visto a tantísimas colegas tuyas dedicarme casi su obra entera. ¿Por qué no nos amigamos?

―Tengo una idea mejor. ¿Por qué no te abro esa gabardina, me subo a tu falda, y me acomodo hasta que tu frio me penetre? Acá mismo, lo hacemos en la plaza―. Lo miré a los ojos, desafiante ―No es que nadie te vaya a ver.

―Que chiste fácil, guaranga. Mirá que resultaste una poeta chabacana, eh.

―Seré, pero seguro te saco el frio ―me fui acercando a su cara, y le dije, al oído ―Prometo darte vida.

―Lamento, pero voy a tener que pasar de vos. Tengo que trabajar.

Revoleé los ojos haciéndome la ofendida. ―¡Si serás un témpano aburrido!―dije mientras me alejaba. Volví a apoyar mi espalda en el respaldo del asiento y encendí un cigarrillo. Nos mantuvimos un buen rato en silencio, él mirando a su mujer, yo, el deambular de la plaza.

―No quiero verte triste poeta. Antes de que digas una de tus sandeces te voy a decir algo... tenés que dejar de sufrir por amor. El amor es una trampa, una mera ilusión, un engaño maquiavélico para que el humano quiera vivir. ¿Quién sino querría aguantar los golpes y dardos de este insultante infortunio?

―Sentadito en una plaza tercermundista citando a Hamlet, me mato acá mismo… Sabés bien que hay más del amor que eso.

―Sabés bien que no. No, no me mires así de nuevo. Por frustrante que sea yo no tengo todas las repuestas, pedíselas a nuestro empleador. ¿No te das cuenta de que trabajamos para el mismo jefe? Poeta y Muerte, ¿o te pensás que tu rol es muy distinto al mío?

―¿El de dar sentido? ¿A esta puta vida? ¡Qué cínico! Dale, ahora somos funcionarios celestiales. Poeta y Muerte. Nos quedaría formar un sindicato y estamos, ¡qué te recontra! La verdad es que sos tenebroso.

―Y vos te ponés linda cuando te enojás. Me va a dar pena llevarte.

―¿Estás seguro de que no querés que me suba arriba tuyo? Podría convertirme en la poeta que venció a la muerte, enamorándolo. Podría probar que una mujer tira más que una yunta de bueyes. O que Dios, en este caso.

―Podrías, pero no va a ser. En tu próxima vida, quizás. Aunque pensándolo bien, sea como sea, te termino poseyendo, uuuh… Mirá, un chiste fácil, como los que a vos te gustan ―sonrió, divertido, y dijo ―Perdoname, poeta, amor mío. Se hizo la hora, mi cita me espera.

Y lo vi cruzar, decidido, hacia el otro lado de la plaza.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Las cuarenta



Mi amiga divorciada había conseguido chongo nuevo. Así, cada lunes, me texteaba las peripecias del finde con lujo de detalles. Se la notaba rejuvenecida, ella decía que era de tanto darle, pero yo sé que era la felicidá que da el amor, si, duro como suene reconocerlo. Así pateando nubes andaba, hasta hace unas semanas, cuando el chongo la dejó sin darle mucha explicación. Le metió cualquiera: ahora parece que todo verso vale, como una tía mía que votó al Cuquito porque le parecía fachero, una zaraza similar.

Para levantarle el ánimo decidimos sacarla a bailar: las separadas iban de cacería, las otras mirábamos la libertad de reojo, no pudiendo disimular una cierta envidia. Recuerdo cuando no hace tanto, si veía una manada como la nuestra, pensaba «ahí vienen las divorciadas hambrientas». Esas losers que venían a divertirse una noche barriéndote el pibito que vos llevabas meses chamuyando. Y sí, los de veinte se te daban vuelta como una media sabiendo que la iban a pasar bomba y sin tanto laburo.

Lo que no te cuentan es que en el boliche las cuarentonas vamos como esa gente que rocía el perfumador en el baño, queriendo disimular algo que se siente a kilómetros. Todo cambia, el cuerpo ya no resiste las adversidades de la noche, las patas de gallo te surcan los ojos, no hay delineador ni tapa ojeras que te hagan parecer despierta. Las pendejas te pasan por al lado con piernas kilométricas sin celulitis y panzas chatas de-ningún-embarazo, y vos tratando de guardar a presión rollos y estrías. Nah, te convencés que ya no da para mostrar tanto, que ahora seducís desde la labia. Ponele. Bien sabés que si mostrás la raviolera vas presa por atentado violento al pudor.

Encima te cambian los códigos: desciframe las redes sociales. Hablame de cuando te mandan por privado memes o bolufrases o esos emoticones de mierda. ¿Qué carajo quiere decir que nos manden una cara con estrellas? ¿O un corazón amarillo? Flacos: esmérense un poco más, no somos millenials, no entendemos nada. Tenemos que aprender a bancarnos mansas que nos claven el visto o que de repente prendan la regadera de likes. Y vos, que subís esa foto en la que te costó un huevo conseguir que se te marque la cintura, cual contorsionista del Cirque du Soleil, y pasado un tiempo prudencial autoestablecido recorrés el listado de likes con el dedito para ver si está justo ese like que te importa (sí, siempre es uno solo, y sí, se hace desear), y no, no está. ¡Qué malhumor pibe! No entendés nada.

No te cuentan que después de separarte y divertirte una, dos, diez veces, de anotar varias entradas en tu diario íntimo invisible sobre experiencias que te chupan un huevo, vas a querer volver a sentir. Y ahí, tu única fantasía sexual es dejar de atraer pelotudos. Tu propio poder de proyección hace que, aunque todavía no hayas salido con el pibe, ya estés pensando cómo se llevarán sus hijos con los tuyos. Ya stalkeaste a la ex para ver si vas a tener que fumarte una mina cara de orto forever, pero, sobre todo, para que se confirme lo que es tu principal obsesión: que por favor esté más arrugada que vos.

Y es que no te cuentan que las rupturas a los cuarenta se procesan heavy, mucho soltar, carpe diem e ainda mais, pero lo cierto es que está minado de forros que a la primera te tildan de histérica, y ni te gastes en mandarlos a la mierda porque no saben dónde queda. Se hacen cero cargo, mucha presión les da alergia; no es que quiera justificarlos, pero sí, tiene lógica, es mucho más tentador ser un imbécil que laburar en una relación. Haceme caso, hay que salir corriendo al primer rasgo de pelotudez. Después te encariñas y marchaste. Vas coleccionando nabos.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Lo que surge del miedo



Temblando, cierro las páginas de mi propio libro. La tapa, negra, hace que las letras blancas resalten y se desprendan como un holograma hacia mis ojos. No puedo retener el título. Nunca pude, no logro que me interese. De hecho, lo que está escrito es porque debía estarlo, aunque yo prefiera no recordar. 

Los meses anteriores a empezar la novela los pasé en mi casa de veraneo, tratando, en vano, de encontrar inspiración. Las palabras me esquivaban como si me repelieran. Al principio no le di demasiada importancia, me dediqué a estar con mis hijos y los paseos por la orilla del mar se convirtieron en mi escapatoria a la tortura de sentarme frente a la inexpresiva computadora. Sin embargo, con el pasar de esas semanas que parecieron años, el bloqueo infernal se adjudicó unos dedos mordisqueados y cinco kilos. Logré terminar a duras penas dos o tres relatos cortos que hasta al olvido le darían vergüenza. Nunca el pánico tuvo tanto olor a fracaso. 

En ese letargo estaba ensimismado ese día. Las ideas me evadían, un personaje flojo que me resultaba detestable y un argumento olvidable ocupaban toda mi concentración, mientras mi esposa gritaba por Felipe. Y Felipe flotaba, una medusa de pelos negros bailando debajo de la superficie con su espalda hacia el sol. Esos segundos en que demoré en reaccionar sobrevino, como en un déjà vu, una inesperada calma, un murmullo que me dijo que era su hora. Una certeza temida y tenebrosa. Pero no lo dejé ir. Lo sacudí con fuerza, succioné todo lo que encontré en su interior y le masajeé el pecho y le ordené a su corazón que volviera a latir. 

Felipe es mi preferido. Y le temo a su muerte desde el día en que nació. Es el primero y el más frágil de mis tres varones. Es tímido, retraído, educado, bastante parecido a mí. No me pasa con los otros, Tomás es más grande y fuerte, Seba es el carismático. Pero Felipe es mi preferido y no puedo decirlo en voz alta, ni escribirlo, y sé que es frágil de carácter y débil, y que temo por su muerte, y que, si uno piensa mucho en algo, lo atrae, pero es que el shit happens sucede todo el tiempo a la gente de bien, y Felipe sacó todos los números. 

De mis miedos recurrentes, el de la hoja en blanco queda infantilizado al lado del de la muerte de mi hijo mayor. Sabía que debía exorcizarlo y así fue cómo, desde que Felipe volvió de la muerte, las palabras me empezaron a invadir. Como si él las hubiese traído consigo desde el más allá. El caos que devino me tomó por sorpresa. Mis novelas anteriores habían surgido de un método casi científico, me despertaba y me sentaba con un café en el escritorio, de allí no me levantaba hasta tres horas después. A ese ritmo, para el mediodía, tenía casi todo el trabajo del día hecho. 

Pero ahora las letras me llegaban mientras cocinaba o me duchaba, con frecuencia me vi en la necesidad de garabatear la mampara empañada para no olvidar. Vomitaba las palabras desde mi vientre y las dibujaba en pánico y locura. Los personajes y escenarios en los que armar toda esta historia surgieron de manera espontánea, en una semana todo quedó escrito y pronto para editar.

Hoy es la primera vez que me enfrento al libro impreso. Allí está, plasmada, la suma de todos mis miedos: la hoja en blanco y la muerte, que, cuál paradoja, constituyeron la muerte de mi hoja en blanco. Así encontré la forma de asegurarle la vida a mi hijo, haciendo un trato obvio con el destino: como en un juego de probabilidades, lo que sucede en la ficción no debería nunca poder acontecer en la realidad. Es solo que no comprendo por qué sigo temblando.

jueves, 18 de octubre de 2018

Mi Tribu


Sábado 13 de octubre
Hoy amaneció con uno de esos soles privilegiados que nadie podía anticipar con los truenos y la lluvia incesante de anoche. Me levanté antes de que suene el despertador y armé el bolso. Creo que esta vez no me olvidé de nada, metí bombachas y abrigo primero, que es lo que siempre me olvido. También las gemas, cartas de hadas, cuencos, tarot, duendes, porro y los juegos de caja para adultos que me llegaron de Amazon.
De todos los grupos de amigas que tengo: las del colegio, las de los caballos, las de los veranos, las crocantes, las chetas del barrio privado, las del Sanca, las de la universidad; es probable que las brujas sean las más bohemias. Yo siempre fui bastante más de desencajar en los grupos que de formar parte. Entre mis amigas espirituales soy la escéptica; y soy la rara, la piradísima entre mis amigas incrédulas. Soy la estirada entre mis amigas bohemias y la hippie de mis amigas presumidas. Es un ni-ni permanente en el que me balanceo, ni blanca ni negra, ni alta ni baja, ni facha ni revolucionaria ¿Es que soy muy veleta o que tengo amigas de lo más variadas? Me siento un parásito fagocitando experiencias y quedándome solo con lo que me sirve. ¡Qué feo, che! En fin, este fin de semana largo por el descubrimiento de América se lo voy a dedicar a mis amigas, las brujas.
Las brujas nos conocimos de casualidad hace dos años y desde entonces meditamos juntas cada luna llena. No las conozco a fondo, no me sé el nombre de sus hijos ni de sus esposos, pero sí las conozco tanto como para que esos detalles no me importen. Somos esa especie inexplicable de hechiceras urbanas que debajo de nuestro disfraz de profesionales exitosas y madres abnegadas que hacen el car pool dos veces por semana, cada tanto, sacamos la escoba, el caldero y las pócimas. Cuando las del barrio me preguntan qué es eso que tanto hago en las lunas llenas, les digo que aúllo a la luna, y ríen. Poco se imaginan que no hay nada más cierto.

Domingo 14 de octubre
Ya no estoy para estos trotes. Me levanté con dolor de cabeza. No quería salir del sobre de dormir. Abrí los ojos y me supe la más dormilona. Desde afuera de la casa llegó el trinar de los pájaros y desde el piso de abajo el de cinco mujeres desafinadas; y risas y más risas. Abrí la ventana y me puse a escribir. Hasta que no se den cuenta de que me desperté no me van a obligar a bajar, así que puedo meter un poco de escritura.    
Ayer no nos quedó nada por hacer, nada por charlar, nada por ver. Se nos manifestaron todos los invitados, se unieron a la reunión churrinches, caballos y serpientes. A la noche, mientras crepitaba el fuego las más jóvenes de la tribu escuchamos con admiración a las más viejas y supongo que devolvimos pasión y entusiasmo a su vez. Aquí nadie juzga, todas sienten.
En la mesa frente a la estufa quedaron como testigos muertos tres botellas de vino, una de whisky, y una caja de cigarros. 
"¡Cállense cotorras que no me puedo concentrar!", les grité recién. "¡No nos digas que estás escribiendo!", "Lorena, no vayas a escribir de nosotras", "Te mato nena", grita una. Cacarean entre risas ahogadas en bizcochos, imagino. Les dije que por haberme despertado voy a desparramar todos sus secretos cual licuadora sin tapa. 
Risas y más risas. Voy a tener que bajar. Me gusta la gente que exorciza con amigos, entre carcajadas y mares de lágrimas. La existencia se transforma así en algo sagrado.

Lunes 15 de octubre
Acá estamos, tomando el primer sol de la tarde a orillas del agua después de hacernos reiki. Buscamos un lugar apartado entre las piedras y por suerte no pasó un alma desde que llegamos, bueno un alma de las encarnadas, porque seres habemus una banda. Las demás brujas están acostadas contra las piedras, yo arriba de un árbol, sacando apuntes. El sol arde y las piedras de las sierras calientan la primavera, el cielo toma un tono más claro que el de la ciudad.
Nos miro y observo el cruce de linajes.
Somos seis mujeres reales, de esas que caminan al azar por la ciudad en pleno siglo veintiuno. Somos de todas las edades, colores y lugares. Nos siento una.
Somos amantes de la naturaleza, de lo divino y de lo humano. Somos hijas de sangre, hijas de corazón, hemos abortado hijos no deseados, hemos abortado hijos deseados; tenemos tanto amor para dar que hemos decidido ser madres solteras, adoptado mascotas y abandonado profesiones después de muchos años para dedicarnos a nuestra pasión.
Tenemos hijos grandes que ni estudian ni trabajan a los que quisiéramos matar, hijos chicos que nos vuelven locas, esposos a los que amamos; tenemos tanto amor para dar que deseamos tener pareja y no llega, nos hemos confundido con otros hombres estando casadas, hemos padecido dolores culposos en el más profundo silencio. Somos amadas por nuestros padres y abusadas por ellos, un papá alcohólico, una mamá narcisista, un papá violador, una mamá abandónica y negligente, unos papás que nunca existieron.
Tenemos alas. Pies descalzos. Garras. Sueños que parecen ser los mismos a los treinta que a los sesenta. 
Esta es mi tribu, pero entiendo que, de esta tribu, somos todas.

viernes, 12 de octubre de 2018

Una real historia de histeria



Esta es una real historia de histeria.

Se dice que cada familia es un mundo, pero es que hay mundos y mundos, y en el árbol genealógico de esta familia se dieron dos particularidades. Todas las mujeres tenían la triste historia de padecer histeria. Y todas ellas, sin excepción, se casaron con hombres de apellido King.

Por estas particularidades se trató de estudiar el genoma familiar. Se aislaron los genes D-sco-K2 (para facilitarle al lector no científico, se hará referencia a los genes por su fonética, léase descocados). Se encontró que los genes descocados eran autosómicos dominantes por línea materna, siendo los causantes de la histeria femenina y de su atracción a los hombres King.

La primera mutación genética se encontró en la Abuela Coca, que fue tratada por Jung por histeria. Cuentan que había llevado una vida ordenada hasta la adultez, cuando los genes descocados se expresaron y se obsesionó con probar los colchones que fabricaba su marido. Quería establecer el algoritmo entre el tamaño del colchón y la cantidad de hombres que podía albergar. El señor King se puso firme, mandó a la Coca al psiquiatra, y estandarizó el tamaño de su colchón “solo para dos” bautizándolo con su nombre.

La hermana de la Abuela Coca, la Coca Sarli, estaba casada con King Kong, un espécimen un tanto velludo con facciones simiescas. Se conocieron siendo actores secundarios y ahí fue cuando los genes descocados hicieron mella en la carne de Coca, quien viajó a Argentina y se convirtió en símbolo sexual de su generación, actuando en múltiples películas de culto. Esto a King le provocó el celo, lo que lo que motivó a irse a Hollywood, donde protagonizó un remake de una famosa película japonesa.

La hija, la Coca Cola, tenía un cuerpo de botella que enloquecía a cualquier hombre que se le acercara. Ella nunca pudo disimular los genes descocados, parte por la sinuosidad de su cuerpo, pero también por la dulzura de su alma. Su efervescencia la llevó a casarse con el cocinero del restaurante que frecuentaba a diario, don Burger King. Con la ayuda de la Coca Cola el don aprendió su oficio y abrió su primera sucursal. La dupla a posteriori resultó muy próspera para los emprendimientos alimenticios.

La hermana de la Coca Cola, la Ro Cola, se había casado con B.B. King. Cuando se conocieron, él ya era el rey del blues y ella se enloqueció por reproducirlo. La Ro Cola se batía al ritmo de guitarras, saxos y trompetas. Funcionaron muy bien hasta que la Ro Cola un día se ralló y empezó a flirtear con discos de otros músicos. La pareja, ya disonante, se separó, él se llevó sus Grammys y la dejó a ella rota en un rincón.

La sobrina de la Coca, la Coca Ina, estuvo casada con Stephen King. La Coca Ina estaba contentísima y lo hacía ver las estrellas. Pero sucede que los genes descocados hacían estragos en la Coca Ina, quien no podía serle fiel al pobre escritor; al parecer ella fue la más promiscua de las Cocas. Sus amantes se cuentan por miles. Sin embargo, cuando Stephen la dejó, ella quedó hecha polvo.  Pero no todo fue un camino de espinas en su matrimonio, los años que estuvieron casados marcaron la etapa más prolífica del escritor. Sus letras se propagaban como reguero de pólvo-ra. A las malas personas les gusta meter en sus narices asuntos ajenos y comentar que mientras estaba con la Coca Ina fue que él aspiró a producir sus mejores obras.

Dicen que los últimos miembros del clan, los dueños de la afamada librería Shakespeare and Co-ca, la Loca Coca y su esposo King Lear, estuvieron dedicados por completo a la literatura. No tuvieron descendencia porque los genes descocados provocaron que ella tuviera una insaciable sed de lectura, vivía de historia en historia, y él, agotado de que ella confundiera la lingüística con algo más, le decía “Toma nota Loca Coca: toca poca boca”. Y resulta entendible, pobre King, es que con histeria no hay historias.

sábado, 6 de octubre de 2018

El pecado de Aidé


Aidé llega sola a la Generalidad de Cataluña e ingresa por la calle lateral. Todavía falta una hora para la presentación de su libro, pero detesta la impuntualidad casi tanto como el color marrón. Se toca instintivamente la cruz que lleva colgada a su cuello desde que se la regaló su abuela para la comunión, casi cinco décadas atrás. No le puede faltar si tiene que enfrentar multitudes o hablar en público.

–No existe escritor sin lector, o mejor aún, sin ventas –le repite su agente todos los años para convencerla de presentarse en la Feria Internacional del Libro. No hay hombre que le resulte más detestable, es un cincuentón que alguna vez pretendió escribir, sin éxito claro está, y que con plata de familia y mucha suerte fundó una editorial.  A Aidé poco le importan las ventas, los lectores, las preguntas, o los periodistas. Ella escribe para conocerse más a sí misma, y si a alguien más le gusta, tanto mejor.

La encargada de prensa la espera en la puerta para dirigirla a la sala Rodoreda, la más amplia del lugar. Aidé está más nerviosa que nunca y, por el camino, se desquita preguntando todo: si ya probaron los micrófonos, si le dejaron agua en la mesa, si no se le corrió el maquillaje, si el periodista aquél está habilitado a hacerle preguntas, si había visto a la escritora aquélla con la que se había peleado años atrás pero que todavía la ponía nerviosa con su presencia.

"Por favor que me sea leve" ora, amparándose en el crucifijo. Entra a la sala. El público la recibe con un aplauso cerrado. Aidé intenta esbozar una sonrisa mientras responde con un saludo sutil, alzando la mano. Sobre la mesa hay varios ejemplares de su último libro, ¿Soy una mujer honrada? Se sienta junto a la presentadora, una aspirante a escritora de esas que ella repudia, las que se ponen a escribir por hobby a mediana edad. "Que alguien le ahorre el disgusto" piensa, y le dirige una mueca cordial. Luego de una breve presentación y algunas preguntas tontas, uno le lanza el tan temido molotov.

–¿Qué tanto tiene de autorreferencial su obra?

Aidé lo mira, como para matarlo, ahí está el no autorizado haciendo de las suyas, querría decirle "¡todo, imbécil!", pero en su lugar contesta:

Bueno, en ese mismo período de mi vida yo me había llegado a sentir mortalmente aburrida, anestesiada. También esa etapa resultó en una separación, a su vez. Pero creo que nada más.

–¿Como describiría a su protagonista?

– Penélope es ocurrente, caprichosa, talentosa e inmadura, y quiere saberlo todo. Es una nena curiosa que excede la idiosincrasia de sus padres, que son una típica pareja de profesionales de clase media, despolitizada y desideologizada. Es fanática de las enciclopedias y la clase de literatura es la que más espera en el colegio bilingüe a donde asiste.  Al crecer, Penélope es lo que se le da la gana. Es inquieta, inconforme, activista. Fue surgiendo así: de temperamento fuerte, de amores fuertes, de apetencias y rechazos fuertes.

¿Y usted, Aidé? –insiste otra vez el bolastristes; "yo soy igual".

–Bueno, yo soy mucho más tranquila. De joven era ansiosa y testaruda, me fastidiaba desarrollar o explicar, pero en la adultez aprendí de disciplina y control, aunque también sufría de vez en cuando por mi impulsividad. Parece que ahora estoy más madura –sonríe a la audiencia buscando complicidad y rastrea la mirada de algún otro periodista que la rescate. Pero el estúpido no se da por vencido.

–Me refiero a si usted también es capaz de abandonarlo todo por una pasión.

De pronto siente como dos manos heladas le oprimen el cogote hasta cortarle la respiración: mientras el aire le queda trancado en los pulmones, la presión le sube por la garganta buscando escape "ni se te ocurra llorar ahora Aidé, por favor"; y  también siente la cara de él, que se le aparece desde el ayer, con la misma fuerza con la que el diablo la ahorca ahora con sus dedos, esa cara que ni el santo dios del cielo la salva de tanto recordar.

 –No, yo no. Yo sí soy una mujer honrada.

sábado, 29 de septiembre de 2018

A tientas



Me siento girar en espiral hasta caer en la calma, imagino que fue como entrar en un agujero negro.

Me quedo levitando en un espacio sin gravedad, de alguna manera sé que estoy sola allí. Expiro todo el aire que tengo en los pulmones como intentando vaciarme. Me tomo un momento para abrir los ojos y, al hacerlo, no consigo ver nada.

Por alguna razón no me inquieto. La oscuridad se siente segura. Hay un cierto sonido en el ambiente, parecido a un zumbido sordo, una vibración fuera del espectro audible, que es el propio ruido del silencio.

De pronto escucho una voz que se me hace reconocible. Me gusta la voz. Tiene ese tono grave de hombre que transmite seguridad, un tanto impostada, quizás. Me pregunta cómo estoy, si me siento bien y tranquila. Asiento y mi cabeza se mueve con lentitud, como no queriendo romper con la calma. Noto que confío en la voz, me dejo guiar, esperanzada.

Me dice que estoy en trance, en un lugar fronterizo entre la realidad y el sueño creado por mi propia mente. Me dice que si recuerdo por qué fuimos ahí. Asiento. Recuerdo la tristeza que me había invadido los días anteriores. Esa angustia en la que parecía que una mariposa aleteaba por debajo de mis costillas, y quería escapar por la boca. Me pregunta si sigo teniendo la presión en el pecho. Lo niego, estoy en paz. Trago saliva. Se siente espesa, insípida, la noto escurrirse por mi garganta hasta que por algún punto la dejo de percibir.

La voz me dice que busque la caja de herramientas. Así: la caja, sin darme más detalles. Intento moverme, a tientas, mis brazos hamacándose en la oscuridad, mis manos buscando tocar. No encuentran nada. Lo vuelvo a intentar, en vano. Respiro profundo. Comienzo a acariciarme las yemas de mis dedos entre sí, formo un triángulo entre el pulgar, el índice y el mayor, froto como para generar fuego, o magia, no lo sé. De repente la siento, debe haber aparecido frente a mí. Sé que está ahí. No la veo, pero mis pies la tocan.

Me agacho y la abro. Se siente de plástico, del tamaño de un perro mediano, se abre fácil. Sonrío al pensar en la libre asociación que estoy haciendo, calculo que es la misma caja que usaba para la universidad años atrás, me la imagino gris y roja, con una calcomanía de una muela pegada al frente. La voz me rezonga, me pide que me concentre. Me dice que saque de adentro de la caja lo que estoy necesitando. Solo eso dice. Pero que tenga cuidado, que capaz allí hay cosas que no necesito.

La abro. Mis dedos palpan un montón de clavos que se sienten fríos, me pincho con algo que parece ser una sierra. Voy sacando de la caja todo lo que siento que no me va a ayudar. Lo revoleo en el aire y lo tiro lejos. Me quedo atenta esperando el sonido que deberían hacer los elementos al caer, pero nunca tocan piso. ¿Será que realmente no hay gravedad en ese espacio imaginario? Me vuelvo a concentrar, esta vez sin que me rezonguen. No logro encontrar lo que necesito. Sigo sacando cosas inútiles. Entiendo que debo discriminar lo que vale de lo que no vale la pena. No sé si debería estar tan consciente así, quizás esto de la hipnosis no sea realmente para mí.

La encuentro cuando ya casi llego al fondo de la caja. Se siente metálica, el mango apenas más largo que mi palma tiene un interruptor, el foco no debe ser mayor a mi puño. No la enciendo. Aquí la tengo, digo (y se me escapa un suspiro entre los dientes que quieren retener una sonrisa), habemus luz. Creo que ya estoy pronta para volver.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Me gusta



Me gustan el campo, el rocío al amanecer, el barro, el pasto, las tranqueras que no cierran bien del todo y hay que levantarlas para que calcen. Me gustan el atardecer y sus ruidos, el aire y sus olores, los caballos, los perros, los paisajes y sus colores.
Me gustan Vilariño, Benedetti y Borges, en ese orden. El papel de calco, los mapas, la simetría, el olor a libro viejo, Zitarrosa, los trenes, los puzles, los acertijos, los retratos, la historia del arte, Ismael Serrano, el silencio de las bibliotecas y tus noches de poesía.
Me gusta viajar sola, París, Ámsterdam, Shakespeare and Co., el café, el whisky, el lino, los perfumes, la Coca Cola, las carteras, los zapatos, los escotes, los escoceses y todavía más si están en polleras y con algún whisky arriba, las hermanas Wachowski, los aeropuertos pero no los aviones.
Me gusta Van Gogh, los tejados de pizarra, los croissants, el cielo despejado, los balcones con flores, Italia (toda), los chamanes incas, el sur de Argentina, los tatuajes que narran cuentos, perdonar y que me perdonen.
Me gustan el chocolate y las papas fritas, las bocas llenas de dientes y de historias, bailar desnuda en el baño, los vecinos con buena vibra que entienden que la única forma de escuchar música es a todo volumen.
Me gustan las personas comprometidas, embarcadas en cualquier quimera, pero siempre las embarcadas, las que abrazan fuerte y miran a los ojos, las que no esconden sus monstruos, que exorcizan con amigos y con unas cuantas cervezas de por medio.
Me gustan los versos, ilustrar, las metáforas y las enumeraciones, las elucubraciones de un final mejor, la perfección suiza y la espontaneidad latinoamericana, las religiones, la astrología, las brujas y los encantamientos, los licuados de frutas, tirar fruta a diestra y siniestra.
Me gusta levantarme tarde, desayunar almorzando, ser optimista, los lunes con olor a sueños, las hierbas aromáticas de mi jardín, que vuelvas sin que te llame, que te quedes cerca, que el beso dure, que la poesía cure.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Hogar incompatible






Aprendí a andar a caballo a los cuatro años, obligado por mi padre, que a fuerza de gritos me llevaba todos los días a montar. Me exigía un entrenamiento casi olímpico, y ponía toda su esperanza en ver a su hijo convertido en un jinete profesional. Pero yo aprovechaba esas tres horas diarias para perderme en los establos, limpiando camas, juntando bosta, dando de pastar, y montando.



Con los caballos creé un vínculo de absoluta confianza, me sentía libre, ellos me respondían de una forma que yo no experimentaba en mi casa: con ellos el respeto no se ganaba con imposición, el liderazgo había que ganárselo. Tenía que ser uno más de la manada para pertenecer. Allí aprendí a los golpes, pero dolían menos.



Calculo que fue más o menos en esa época, y siempre mientras estaba a caballo, que comencé a imaginarme en otras vidas. El simple contacto con la montura me trasladaba a historias fantásticas que, dependiendo de la edad, iban haciéndose cada vez más complejas: sioux y chamanes a punto de ser atrapados por la caballería, policías y ladrones, príncipes rescatadores de princesas indefensas. Mi mente florida inventaba historias distintas todos los días, incluso a veces continuaba las historias por varios días. Esa libertad la sentía solo allí, porque en la tarde, al ir a la escuela, todo esto se desvanecía y podía rendir y concentrarme como nadie. A la noche volvía a esa extraña dinámica familiar cargada de tensión y destrato. Así que era en la manada donde yo era amo y señor de cualquier historia inventada.



Pero en mi casa yo no era amo y menos señor. Yo nací cuando mis padres habían pasado la mitad de su vida; por alguna razón no pudieron concebir y me adoptaron.  Mi padre era un déspota obsesivo. Tenía un rostro severo y pálido, ojos negros destellantes, los músculos de su barbilla temblaban espasmódicos cada vez que se enfurecía. Recuerdo que no gesticulaba al hablar y que se enfurecía con frecuencia. Era ateo militante, pero se vanagloriaba de rodearse de personas de diversos credos. Nos obligaba a comportarnos por igual con caballerizos analfabetos que con embajadores. Tenía una mente aguda y avanzada para su época. Era implacable en su negocio y también con su familia, sobre todo con su familia. Sobre todo conmigo.



Le gustaban los pájaros: llegó a tener casi una centena en jaulas especialmente diseñadas con árboles dentro, en un pent-house, en el centro de la ciudad. En nombre de su amor a ellos los tenía allí encerrados para su propio regocijo: chingolos, doraditos, e incluso un cuervo negro. Apasionado por la botánica plantó es su casa de veraneo todo tipo de especies autóctonas y silvestres: araucarias, jazmines, laureles y pitangas, que él mismo podaba cada semestre. Se decía estudioso de los mamíferos pero más de una vez lo vi prender fuego vivo a un gato o una comadreja sin mostrar el más mínimo atisbo de humanidad. De chico, yo aceptaba esos horrores como quien acepta que convivan los dos seres más incompatibles en el universo, encerrados en un mismo hogar.



No olvido sus últimas horas, en la cama del hospital. Cuando el doctor dijo que me despidiera me tomó del brazo y me dijo “No me llore, estamos. Eso no es de hombres”. No lloré, por supuesto. Pero no me quede esperando el desenlace. Estaba montando cuando mi madre me avisó.




jueves, 6 de septiembre de 2018

Me acuerdo



Me acuerdo de la vez que metí los dedos en el enchufe. Es de mis primeros recuerdos. Era de noche, estaba sola, acostada en la cama y por alguna razón me pareció oportuno meter los dos dedos en los agujeritos del tomacorriente. Me acuerdo de la sensación de la descarga eléctrica. Tenía cinco años.



Me acuerdo de la casa de mi niñez, del teléfono de disco rojo y del televisor con caja de madera que era grande como un mueble. Había que mover la antena para mejorar la señal recibida. Algunas veces alguien se tenía que quedar sosteniéndola porque así se veía mejor. Mi padre tenía un proyector para preparar las clases de facultad. A veces me dejaba pintar algún dibujo que se convertiría en diapositiva y para mí era todo un honor. Me acuerdo de los discos de pasta guardados por orden alfabético en el aparador.



Me acuerdo de mi libro preferido de niña, Héroes en zapatillas. Mis amigas supieron ser mis primeras víctimas, como yo me lo sabía de memoria les relataba las andanzas de Guillermo Tell o Iván el Terrible, lo que hoy en día nos hace reír. Nunca supe cómo fue a parar a alguna librería de Tristán Narvaja. Cuando lo fui a buscar, de adulta, no pude encontrarlo.



Me acuerdo de las siestas obligadas en verano. Ese tiempo muerto entre el mediodía y la hora de bajar a la playa. Mis padres nos prohibían, a mi hermano y a mí, salir de la casa y hacer ruido. Yo nunca quería dormir, así que me dedicaba a memorizar todas las manchas de humedad del cielorraso de mi vieja casa, los cascarones de pintura que se despegaban de las paredes, y la cantidad de segundos que mi padre no respiraba entre ronquido y ronquido. Jugaba a contar bien rápido para ver a cuánto podía llegar antes del nuevo gruñido. Creo que una vez llegué a treinta y siete.



Me acuerdo de la primera vez que un texto me hipnotizó. Estábamos en la clase de historia en inglés, repasando el siglo XX, cuando leímos el discurso I have a dream de Luther King Jr. Le pedí a la maestra que me dejara copiarlo. Fue la primera de muchas veces que me perdí el recreo por quedarme copiando un texto.



Me acuerdo del sistema logo y la tortuguita. Me acuerdo del sonido que hacía internet al conectarse vía teléfono.



Me acuerdo de mi lugar en el mundo, un lugar que nunca compartí con nadie. Involucra el mar desde lo alto, donde se ven los atardeceres más lindos de Uruguay. Es donde voy a respirar despacio y, cada tantos minutos, aspiro una bocanada extra de oxígeno. Donde se me ordenan las ideas y donde tomo las decisiones difíciles. Me acuerdo de querer absorberlo con todos los sentidos cuando estoy ahí, para después poder revivirlo cuando estoy lejos.



Me acuerdo cuando vi al novio de mi mejor amiga con otra mujer. Me acuerdo de mi vacilación sobre si contarle a mi amiga o no, y el dolor en sus ojos al escucharme. Así fue como perdí a mi mejor amiga de un día para otro.



Me acuerdo de mi primer beso y me acuerdo de la última vez que una mirada me dejó sin aliento.



Me acuerdo de la primera vez que sentí la muerte. Me estaba duchando. Me acuerdo de los azulejos cuadrados color borra de vino. El escalofrío me recorrió primero la espalda y después me vino a hablar al oído. Él me avisó que se iba con tanta paz. Decidí acompañarlo cantándole una canción, acunándolo en su partida. Le canté Blowing in the wind de Bob Dylan, no sé por qué. Sé que ahí, mientras me caía el agua por la espalda, lo despedí. Cuando salí del baño, y sonó el teléfono para avisarme el desenlace, yo ya lo sabía. A partir de ese momento me acuerdo de cada uno de mis escalofríos.



Me acuerdo cuando nació mi hija. Como era una cesárea programada yo había podido ir a la peluquería y llegué al hospital toda maquillada. Me acuerdo de la carcajada del ginecólogo cuando me vio. Me dijo: ¿vos venís a parir o vas a una fiesta? Le conteste que las dos cosas. Lo primero que hizo Antonia cuando me la acercaron fue hacerme pis en la cara, el pelo y el cuello. Yo me reía y lloraba al mismo tiempo, captando el mensaje del universo, sobrepasada por las emociones. Luego me la acercaron a la cara para poder besarla, y desesperada por encontrarse con mi pezón, se prendió de mi mentón con tal fuerza que me dejo un moretón en la cara que me duró toda la estadía en el hospital. Así empezaba mi hija a poner las cosas en su lugar.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Sgt. Pepper's




Otra vez ese horrible pitido me despierta. Reconozco la alarma del celular. De un manotazo lo tiro al piso y giro hacia el otro lado. Diez minutos después vuelve a sonar, esta vez debo bajarme de la cama porque por fortuna el teléfono rodó lejos.

Las 7:15. Maldigo el momento en que activé el recordatorio para tomar el antibiótico. Me lleva un rato recordar que es domingo. Todavía sin abrir los ojos escucho la lluvia golpear la persiana. Pretendo ignorar los ronquidos de mi marido. Pienso aliviada en la ventaja del madrugón: el resto de la casa sigue durmiendo. Me acerco a la ventana. Montevideo diluvia ya desde hace días.

Me dispongo a desayunar sola, preparo un capuchino con tostadas. Prefiero no prender el televisor, busco mis auriculares y selecciono en Spotify el Sgt. Pepper’s. Ya en los primeros acordes me arrepiento. Esa maldita costumbre de seleccionar la música que me traslada a ese lugar que no quiero ir, a la tarea que no quiero hacer. Y la lluvia. Justamente ahí, en el arranque de Getting Better, me dispongo a no seguir dilatando lo inevitable. Camino hasta el living donde la pila de cajas de cartón aplastadas me evita desde hace días.

Varias puteadas y cinco minutos después consigo armar la primera caja. Miro a mi alrededor sin saber bien por dónde empezar. Instintivamente me dirijo al pasillo. Observo la serie de fotos, citas y espejos que adornan la pared. Recuerdo como pinté las gruesas rayas horizontales de techo a piso cinco años atrás. Miro el defecto que me quedó en una de ellas, no tan paralela al piso, ese defecto que sólo yo noto. Pienso que el domingo próximo, ya mudada, no lo voy a ver más. Decido extrañarlo. Defecto o no, es mío. Probablemente los nuevos inquilinos ni lo noten. Inevitablemente empiezo a tratar de adivinar lo que pondrán en esa pared, de qué color la pintarán. Cualquier otra alternativa a mis rayas me parece absurda. Con rabia voy bajando uno a uno los adornos de la pared hasta dejarla vestida sólo con rayas.

Con la caja a medio llenar vuelvo al living, más concretamente me dirijo a la biblioteca. Para entonces me doy cuenta de que el álbum se terminó y aleatoriamente suena Something. Y la lluvia. Como mirando sin querer ver, los enfrento. Sé que tengo que dar en adopción a varios de mis libros. Selecciono los que se van conmigo. Son demasiados. Hago una segunda selección. Todavía son demasiados. Rendida, me miro en el espejo. Me veo sentada en el piso rodeada de pilas de libros, cajas y almohadones. Miro para afuera y la lluvia insiste. Decido que ésta es la última vez que me mudo.  Escucho un sonido que no reconozco. Me saco los auriculares y oigo “Mamá”. Sin necesidad intento reconocer cuál de los dos me llama, ya que al instante vuelvo a sentirlos al unísono. “Mamá”.

Las 9:10. Miro la caja a medio llenar y el caos a mi alrededor.  Agradezco mi ratito de café, Beatles y melancolía. Arrancó el domingo.

El altillo


Recién finalizado el tour vespertino por la Opera Garnier decidí caminar las siete cuadras que me separaban del Louvre. De los seis días que iba a recorrer sola la ciudad, esa noche tenía programado cenar en la exposición barroca itinerante. Era mi primera vez en París, y llevaba conmigo el mapa estudiado a fondo desde que planeé el viaje, meses atrás, en Montevideo.

Salí del teatro por la puerta sur. La tarde había empezado a caer y diluviaba. Por las calles los parisinos caminaban ataviados de forma elegante debajo de paraguas deambulantes.

Parada en lo alto de las escalinatas vi, unos peldaños más abajo, un grupo de hombres que me observaban con atención. Recordé las advertencias que había leído sobre los grupos de ladrones apostados en las afuera de las atracciones turísticas; también recordé el consejo de andar siempre con paraguas en París – nunca tuve gran tino para saber qué consejos ignorar. Miré mi mochila, la cámara de fotos, el mapa. Estaba de zapatillas y sin paraguas. Quedaba claro que era turista y estaba sola, lo que me convertía en la presa más fácil. Decidí ser cauta y evitar el infortunio, empecé a buscar una vía de escape.

A lo lejos, cruzando los semáforos podía ver la entrada lateral del Café de la Paix. Lo había pasado por alto en mi itinerario ya que no creí que fuera de mi interés, pero allí estaba frente a mí, ofreciéndome refugio. Con la mochila en la cabeza corrí los cincuenta metros que me separaban de la entrada. De reojo miré hacia atrás a los amigos de la escalera que gritaban haciendo gestos desde la acera de enfrente, conscientes que les había sacado el botín.

Decidí entrar al café a esperar a que se calmasen las aguas, de los amigos y del cielo. El famoso lugar me abrió las puertas a una ambientación de principios de siglo XX, el salón revestido en madera, el piso alfombrado, decenas de enormes arañas de hierro y caireles colgaban encima de las mesas vestidas con manteles de jacquard y tres juegos de cubiertos. Las mesas accesorias llevaban estatuas de mármol rodeadas de floreros con altísimos arreglos; una orquesta tocaba un delicioso jazz en vivo. Decidí acercarme al mostrador a mi izquierda.

- “Café s’il vous plaît” pedí para lograr entrar en calor. Me quité la mochila y apoyé la cámara de fotos en la barra.
- “Where are you from?” preguntó en un correctísimo inglés el encargado de la barra.
- “Uruguay” contesté, y lo desafié a que supiese dónde quedaba.
- “Claro que sí, un país pequeño entre Argentina y Brasil”.

Fue entonces cuando lo miré, era demasiado atractivo para ignorarlo, me sorprendí de no haberlo notado antes. Alto, delgado, rubio, con un corte de pelo corto y prolijo. Vestía una entallada camisa parisina. Una sonrisa acorde. Calculé por su porte que no era la primera vez que utilizaba su ingenio para atraer féminas curiosas. Me siguió contando en inglés que se había vuelto hincha de la celeste durante el mundial de Sudáfrica. Comentó que era albanés. Lamenté no poder devolverle la gentileza intentando sin éxito ubicar a Albania en el lugar preciso del sur de Europa.

- “I forgive you”, dijo, perdonando mi ignorancia. Sonrió, y yo debo haberle sonreído también, porque noté un cambio apenas perceptible en su actitud. Bajé la mirada y no la volví a subir hasta que me entregó el café. No sé por qué le mentí sobre mi nombre, supongo que la impunidad del anonimato resultaba tentadora; tampoco sé por qué le conté que esa era mi última noche en París.

Hacía muchos años que no ponía en práctica el arte de la conquista, pero al sonreírle mirándolo a los ojos noté la dilatación en sus pupilas, las fosas nasales engrosadas, los cabellos de la nuca empapados en sudor, su cuerpo inclinándose hacia mí sobre el mostrador que nos separaba, y recordé cómo aún los hombres más cultos y refinados, en su afán de conquista, son incapaces de disimular las similitudes que comparten con un primate en celo. Me sorprendí al recordar mis habilidades: cuanto más despliegue de pavo real acontecía en el hombre yo podía mantener la charla en dos idiomas, filosofando de religiones y política internacional, sin dejar de sonreírle y sin que nada cambiase en mi exterior. Sin dudas lo estaba disfrutando.

En algún punto de la conversación (recuerdo que todavía quedaba café) me sorprendí de mis propios pensamientos. No podía apartar mi mente del apartamento que había alquilado en el barrio latino.

Era un pequeño altillo en un antiguo edificio pegado a los jardines de Luxemburgo. Lo renté temporalmente a un parisino llamado Sindbad, que para hacerse de un ingreso extra lo subalquilaba a turistas conocidos que buscaran alojamiento. Había conocido a Sindbad unos años antes en Buenos Aires, por un amigo en común. Mi amigo, casi un cliché homosexual que podía adivinar mis gustos al dedillo, a sabiendas de mi próximo viaje, me advirtió que ese altillo me iba a enamorar. Se encontraba en un típico edificio histórico con flores en los balcones, escaleras de hierro y ascensores con puertas corredizas. Para acceder había que subir por una escalera angosta después del quinto piso; tenía vista a la torre Eiffel. Apenas cabían allí un escritorio con dos sillas, un ropero y un sillón cama destartalado. Recordé las azucenas que me había dejado Sindbad para darme la bienvenida, y el papel higiénico rosado -un detalle muy amable de su parte- porque, aunque tuviésemos un amigo en común en Montevideo, su amabilidad había excedido largamente lo que yo había pagado. Pensé en que estaba cayendo la noche y desde el departamento se vería la torre Eiffel iluminada. La noche anterior me había quedado mirando sus luces hasta quedarme dormida. Ahora se vería tan linda desde el sillón cama, pensé en el sillón vacío. Me pregunté si sería muy ruidoso. Son curiosos los detalles que uno llega a pensar cuando intenta no pensar. Recordé que esa mañana no había hecho la cama al salir.

Al mirarlo me di cuenta de que el rubio andaba adivinando mis pensamientos, y ahí quedé, expuesta y parcialmente sin aliento. Me excusé para ir al baño. Respiré profundo, me lavé la cara, las manos, la culpa. Volví y le pedí la cuenta.

- “It’s  on me”, dijo en su perfecto inglés. “Salgo en dos horas, te espero en la puerta” y agregó con ojos suplicantes “necesito verte”. Sonreí sin responderle. 
- “Au revoir” lo saludé. Tomó mi mano y me besó el dorso. “Merci Albania”, le dije cuando salí. Ya no llovía.