Un hombre con
el espinazo torcido cruzó las puertas del Palacio Salvo. Hacía dos horas que
había decidido no vivir más. El detonante fue encontrar a su mujer con el
vecino, en su departamento, un día de semana, a la hora de la siesta. Entró a
destiempo buscando unos papeles que se había olvidado y los vio haciendo el
perrito contra la ventana. Quedó espantado y fascinado; su mujer era lo único
que lo mantenía atado a la vida. Sin
saberlo, lo había liberado.
Salió
de su apartamento y peregrinó dos horas hacia su destino final; eran tan solo
veinte cuadras, pero las vértebras eran cuchillos que lo desgarraban en cada
exhalación. Fue una caminata solemne, los edificios parecían más limpios, la
gente más amigable y los ruidos menos molestos; todo cambiaba si se miraba por última vez, no
había prisa una vez elegido el destino final. También le quemaba el sobaco. Había
consultado con el oncólogo, pero el doctor había insistido que nada tenía que
ver el dolor con el sarcoma. Usted está en cuidados paliativos, le decía, a
veces la morfina hace que uno se imagine cosas.
Cruzó
apurando el paso la entrada al Palacio Salvo. Saludó al portero sin mirarlo. Se
tomó el ascensor hasta la azotea. Forzó la puerta que estaba clausurada hacía años.
Se trepó al barandal. La Plaza Independencia se veía linda desde la altura. Podía
ver el Rio de la Plata, la peatonal principal de la Ciudad Vieja minada de
turistas. Reconoció la Plaza Zabala. Se quedó un rato contemplando las palomas.
Me estoy distrayendo, pensó, con miedo a
arrepentirse. Se arrimó al borde. Esperó para ver si alguien gritaba para
frenarlo o algo, pero nada. El dolor axilar se volvía insoportable.
Pegó un grito
para envalentonarse, cerró los ojos y se tiró. Por debajo del sobaco se le rajaba
la piel y empujadas desde las vértebras empezaron a salirle plumas y más
plumas. Le hacían cosquillas debajo de los brazos por lo que instintivamente los
abrió, y también los ojos. La caída libre se desaceleró. Al llegar cerca del
suelo comenzó a batir los brazos y salió eyectado hacia arriba. Se observó las
alas tupidas y le pareció tan natural que se extrañó de no haberlas tenido
antes. Comenzó a planear por encima de la plaza. No quería disfrutarlo, pero de
repente se encontró que no podía cerrar los labios por sobre la sonrisa. Voló
por encima del monumento a Artigas. Qué lindo se ve de acá todo, pensó. Pasó rasante
por encima del carro de panchos y de la fila de turistas allí apostados.
Asustó a todas
las palomas que levantaron vuelo al verlo y saludó a una vieja al pasar. A un
pibe que andaba en patineta le tiró una guiñada antes de arrebatarle el gorro. Se
metió entre los dos pilares de la Puerta de la Ciudadela, y circundando la
plaza, ya cansado, decidió aterrizar. Locales y turistas se agolparon a ver el
espectáculo. El murmullo aumentó conforme la gente se le acercaba, y el hombre
pensó que nunca lo habían mirado así en toda su vida. Ni en cantidad ni en
calidad.
Al instante
de apoyarse en los adoquines se arrepintió. El escalofrío lo recorrió de los
pies a la cabeza, subiendo por el espinazo siempre maltrecho. Mientras gemía sofocado
las alas se le desprendieron del cuerpo y cayeron al piso, como si fuesen de utilería.
Consternado y avergonzado y enfrentado a una multitud expectante, recogió su
dignidad y se dirigió con ella y su maltrecho cuerpo, otra vez, en rumbo al
Palacio, deseando que el portero no notara su insistencia.



