Temblando, cierro las páginas de mi propio libro. La tapa, negra, hace que las letras blancas resalten y se desprendan como un holograma hacia mis ojos. No puedo retener el título. Nunca pude, no logro que me interese. De hecho, lo que está escrito es porque debía estarlo, aunque yo prefiera no recordar.
Los meses anteriores a empezar la novela los pasé en mi casa de veraneo, tratando, en vano, de encontrar inspiración. Las palabras me esquivaban como si me repelieran. Al principio no le di demasiada importancia, me dediqué a estar con mis hijos y los paseos por la orilla del mar se convirtieron en mi escapatoria a la tortura de sentarme frente a la inexpresiva computadora. Sin embargo, con el pasar de esas semanas que parecieron años, el bloqueo infernal se adjudicó unos dedos mordisqueados y cinco kilos. Logré terminar a duras penas dos o tres relatos cortos que hasta al olvido le darían vergüenza. Nunca el pánico tuvo tanto olor a fracaso.
En ese letargo estaba ensimismado ese día. Las ideas me evadían, un personaje flojo que me resultaba detestable y un argumento olvidable ocupaban toda mi concentración, mientras mi esposa gritaba por Felipe. Y Felipe flotaba, una medusa de pelos negros bailando debajo de la superficie con su espalda hacia el sol. Esos segundos en que demoré en reaccionar sobrevino, como en un déjà vu, una inesperada calma, un murmullo que me dijo que era su hora. Una certeza temida y tenebrosa. Pero no lo dejé ir. Lo sacudí con fuerza, succioné todo lo que encontré en su interior y le masajeé el pecho y le ordené a su corazón que volviera a latir.
Felipe es mi preferido. Y le temo a su muerte desde el día en que nació. Es el primero y el más frágil de mis tres varones. Es tímido, retraído, educado, bastante parecido a mí. No me pasa con los otros, Tomás es más grande y fuerte, Seba es el carismático. Pero Felipe es mi preferido y no puedo decirlo en voz alta, ni escribirlo, y sé que es frágil de carácter y débil, y que temo por su muerte, y que, si uno piensa mucho en algo, lo atrae, pero es que el shit happens sucede todo el tiempo a la gente de bien, y Felipe sacó todos los números.
De mis miedos recurrentes, el de la hoja en blanco queda infantilizado al lado del de la muerte de mi hijo mayor. Sabía que debía exorcizarlo y así fue cómo, desde que Felipe volvió de la muerte, las palabras me empezaron a invadir. Como si él las hubiese traído consigo desde el más allá. El caos que devino me tomó por sorpresa. Mis novelas anteriores habían surgido de un método casi científico, me despertaba y me sentaba con un café en el escritorio, de allí no me levantaba hasta tres horas después. A ese ritmo, para el mediodía, tenía casi todo el trabajo del día hecho.
Pero ahora las letras me llegaban mientras cocinaba o me duchaba, con frecuencia me vi en la necesidad de garabatear la mampara empañada para no olvidar. Vomitaba las palabras desde mi vientre y las dibujaba en pánico y locura. Los personajes y escenarios en los que armar toda esta historia surgieron de manera espontánea, en una semana todo quedó escrito y pronto para editar.
Hoy es la primera vez que me enfrento al libro impreso. Allí está, plasmada, la suma de todos mis miedos: la hoja en blanco y la muerte, que, cuál paradoja, constituyeron la muerte de mi hoja en blanco. Así encontré la forma de asegurarle la vida a mi hijo, haciendo un trato obvio con el destino: como en un juego de probabilidades, lo que sucede en la ficción no debería nunca poder acontecer en la realidad. Es solo que no comprendo por qué sigo temblando.
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