Aidé llega sola
a la Generalidad de Cataluña e ingresa por la calle lateral. Todavía falta una
hora para la presentación de su libro, pero detesta la impuntualidad casi tanto
como el color marrón. Se toca instintivamente la cruz que lleva colgada a su
cuello desde que se la regaló su abuela para la comunión, casi cinco décadas
atrás. No le puede faltar si tiene que enfrentar multitudes o hablar en
público.
–No existe escritor
sin lector, o mejor aún, sin ventas –le repite su agente todos los años para
convencerla de presentarse en la Feria Internacional del Libro. No hay hombre
que le resulte más detestable, es un cincuentón que alguna vez pretendió
escribir, sin éxito claro está, y que con plata de familia y mucha suerte fundó
una editorial. A Aidé poco le importan las
ventas, los lectores, las preguntas, o los periodistas. Ella escribe para
conocerse más a sí misma, y si a alguien más le gusta, tanto mejor.
La encargada
de prensa la espera en la puerta para dirigirla a la sala Rodoreda, la más amplia
del lugar. Aidé está más nerviosa que nunca y, por el camino, se desquita preguntando
todo: si ya probaron los micrófonos, si le dejaron agua en la mesa, si no se le
corrió el maquillaje, si el periodista aquél está habilitado a hacerle
preguntas, si había visto a la escritora aquélla con la que se había peleado
años atrás pero que todavía la ponía nerviosa con su presencia.
"Por favor
que me sea leve" ora, amparándose en el crucifijo. Entra a la sala. El público
la recibe con un aplauso cerrado. Aidé intenta esbozar una sonrisa mientras
responde con un saludo sutil, alzando la mano. Sobre la mesa hay varios
ejemplares de su último libro, ¿Soy una
mujer honrada? Se sienta junto a la presentadora, una aspirante a escritora
de esas que ella repudia, las que se ponen a escribir por hobby a mediana edad.
"Que alguien le ahorre el disgusto" piensa, y le dirige una mueca cordial.
Luego de una breve presentación y algunas preguntas tontas, uno le lanza el tan
temido molotov.
–¿Qué tanto
tiene de autorreferencial su obra?
Aidé lo mira,
como para matarlo, ahí está el no autorizado haciendo de las suyas, querría decirle
"¡todo, imbécil!", pero en su lugar contesta:
–Bueno,
en ese mismo período de mi vida yo me había llegado a sentir mortalmente
aburrida, anestesiada. También esa etapa resultó en una separación, a su vez.
Pero creo que nada más.
–¿Como
describiría a su protagonista?
– Penélope es
ocurrente, caprichosa, talentosa e inmadura, y quiere saberlo todo. Es una nena
curiosa que excede la idiosincrasia de sus padres, que son una típica pareja de
profesionales de clase media, despolitizada y desideologizada. Es fanática de
las enciclopedias y la clase de literatura es la que más espera en el colegio
bilingüe a donde asiste. Al crecer,
Penélope es lo que se le da la gana. Es inquieta, inconforme, activista. Fue
surgiendo así: de temperamento fuerte, de amores fuertes, de apetencias y
rechazos fuertes.
–¿Y
usted, Aidé? –insiste otra vez el bolastristes; "yo soy igual".
–Bueno, yo soy
mucho más tranquila. De joven era ansiosa y testaruda, me fastidiaba
desarrollar o explicar, pero en la adultez aprendí de disciplina y control, aunque
también sufría de vez en cuando por mi impulsividad. Parece que ahora estoy más
madura –sonríe a la audiencia buscando complicidad y rastrea la mirada de algún
otro periodista que la rescate. Pero el estúpido no se da por vencido.
–Me refiero a
si usted también es capaz de abandonarlo todo por una pasión.
De pronto siente
como dos manos heladas le oprimen el cogote hasta cortarle la respiración: mientras
el aire le queda trancado en los pulmones, la presión le sube por la garganta buscando
escape "ni se te ocurra llorar ahora Aidé, por favor"; y también siente la cara de él, que se le
aparece desde el ayer, con la misma fuerza con la que el diablo la ahorca ahora
con sus dedos, esa cara que ni el santo dios del cielo la salva de tanto recordar.
–No, yo no. Yo sí soy una mujer honrada.
Yo tampoco soy honrada!!!
ResponderEliminarEl que esté libre que tire la primera piedra 😊
ResponderEliminar