sábado, 6 de octubre de 2018

El pecado de Aidé


Aidé llega sola a la Generalidad de Cataluña e ingresa por la calle lateral. Todavía falta una hora para la presentación de su libro, pero detesta la impuntualidad casi tanto como el color marrón. Se toca instintivamente la cruz que lleva colgada a su cuello desde que se la regaló su abuela para la comunión, casi cinco décadas atrás. No le puede faltar si tiene que enfrentar multitudes o hablar en público.

–No existe escritor sin lector, o mejor aún, sin ventas –le repite su agente todos los años para convencerla de presentarse en la Feria Internacional del Libro. No hay hombre que le resulte más detestable, es un cincuentón que alguna vez pretendió escribir, sin éxito claro está, y que con plata de familia y mucha suerte fundó una editorial.  A Aidé poco le importan las ventas, los lectores, las preguntas, o los periodistas. Ella escribe para conocerse más a sí misma, y si a alguien más le gusta, tanto mejor.

La encargada de prensa la espera en la puerta para dirigirla a la sala Rodoreda, la más amplia del lugar. Aidé está más nerviosa que nunca y, por el camino, se desquita preguntando todo: si ya probaron los micrófonos, si le dejaron agua en la mesa, si no se le corrió el maquillaje, si el periodista aquél está habilitado a hacerle preguntas, si había visto a la escritora aquélla con la que se había peleado años atrás pero que todavía la ponía nerviosa con su presencia.

"Por favor que me sea leve" ora, amparándose en el crucifijo. Entra a la sala. El público la recibe con un aplauso cerrado. Aidé intenta esbozar una sonrisa mientras responde con un saludo sutil, alzando la mano. Sobre la mesa hay varios ejemplares de su último libro, ¿Soy una mujer honrada? Se sienta junto a la presentadora, una aspirante a escritora de esas que ella repudia, las que se ponen a escribir por hobby a mediana edad. "Que alguien le ahorre el disgusto" piensa, y le dirige una mueca cordial. Luego de una breve presentación y algunas preguntas tontas, uno le lanza el tan temido molotov.

–¿Qué tanto tiene de autorreferencial su obra?

Aidé lo mira, como para matarlo, ahí está el no autorizado haciendo de las suyas, querría decirle "¡todo, imbécil!", pero en su lugar contesta:

Bueno, en ese mismo período de mi vida yo me había llegado a sentir mortalmente aburrida, anestesiada. También esa etapa resultó en una separación, a su vez. Pero creo que nada más.

–¿Como describiría a su protagonista?

– Penélope es ocurrente, caprichosa, talentosa e inmadura, y quiere saberlo todo. Es una nena curiosa que excede la idiosincrasia de sus padres, que son una típica pareja de profesionales de clase media, despolitizada y desideologizada. Es fanática de las enciclopedias y la clase de literatura es la que más espera en el colegio bilingüe a donde asiste.  Al crecer, Penélope es lo que se le da la gana. Es inquieta, inconforme, activista. Fue surgiendo así: de temperamento fuerte, de amores fuertes, de apetencias y rechazos fuertes.

¿Y usted, Aidé? –insiste otra vez el bolastristes; "yo soy igual".

–Bueno, yo soy mucho más tranquila. De joven era ansiosa y testaruda, me fastidiaba desarrollar o explicar, pero en la adultez aprendí de disciplina y control, aunque también sufría de vez en cuando por mi impulsividad. Parece que ahora estoy más madura –sonríe a la audiencia buscando complicidad y rastrea la mirada de algún otro periodista que la rescate. Pero el estúpido no se da por vencido.

–Me refiero a si usted también es capaz de abandonarlo todo por una pasión.

De pronto siente como dos manos heladas le oprimen el cogote hasta cortarle la respiración: mientras el aire le queda trancado en los pulmones, la presión le sube por la garganta buscando escape "ni se te ocurra llorar ahora Aidé, por favor"; y  también siente la cara de él, que se le aparece desde el ayer, con la misma fuerza con la que el diablo la ahorca ahora con sus dedos, esa cara que ni el santo dios del cielo la salva de tanto recordar.

 –No, yo no. Yo sí soy una mujer honrada.

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