sábado, 29 de septiembre de 2018

A tientas



Me siento girar en espiral hasta caer en la calma, imagino que fue como entrar en un agujero negro.

Me quedo levitando en un espacio sin gravedad, de alguna manera sé que estoy sola allí. Expiro todo el aire que tengo en los pulmones como intentando vaciarme. Me tomo un momento para abrir los ojos y, al hacerlo, no consigo ver nada.

Por alguna razón no me inquieto. La oscuridad se siente segura. Hay un cierto sonido en el ambiente, parecido a un zumbido sordo, una vibración fuera del espectro audible, que es el propio ruido del silencio.

De pronto escucho una voz que se me hace reconocible. Me gusta la voz. Tiene ese tono grave de hombre que transmite seguridad, un tanto impostada, quizás. Me pregunta cómo estoy, si me siento bien y tranquila. Asiento y mi cabeza se mueve con lentitud, como no queriendo romper con la calma. Noto que confío en la voz, me dejo guiar, esperanzada.

Me dice que estoy en trance, en un lugar fronterizo entre la realidad y el sueño creado por mi propia mente. Me dice que si recuerdo por qué fuimos ahí. Asiento. Recuerdo la tristeza que me había invadido los días anteriores. Esa angustia en la que parecía que una mariposa aleteaba por debajo de mis costillas, y quería escapar por la boca. Me pregunta si sigo teniendo la presión en el pecho. Lo niego, estoy en paz. Trago saliva. Se siente espesa, insípida, la noto escurrirse por mi garganta hasta que por algún punto la dejo de percibir.

La voz me dice que busque la caja de herramientas. Así: la caja, sin darme más detalles. Intento moverme, a tientas, mis brazos hamacándose en la oscuridad, mis manos buscando tocar. No encuentran nada. Lo vuelvo a intentar, en vano. Respiro profundo. Comienzo a acariciarme las yemas de mis dedos entre sí, formo un triángulo entre el pulgar, el índice y el mayor, froto como para generar fuego, o magia, no lo sé. De repente la siento, debe haber aparecido frente a mí. Sé que está ahí. No la veo, pero mis pies la tocan.

Me agacho y la abro. Se siente de plástico, del tamaño de un perro mediano, se abre fácil. Sonrío al pensar en la libre asociación que estoy haciendo, calculo que es la misma caja que usaba para la universidad años atrás, me la imagino gris y roja, con una calcomanía de una muela pegada al frente. La voz me rezonga, me pide que me concentre. Me dice que saque de adentro de la caja lo que estoy necesitando. Solo eso dice. Pero que tenga cuidado, que capaz allí hay cosas que no necesito.

La abro. Mis dedos palpan un montón de clavos que se sienten fríos, me pincho con algo que parece ser una sierra. Voy sacando de la caja todo lo que siento que no me va a ayudar. Lo revoleo en el aire y lo tiro lejos. Me quedo atenta esperando el sonido que deberían hacer los elementos al caer, pero nunca tocan piso. ¿Será que realmente no hay gravedad en ese espacio imaginario? Me vuelvo a concentrar, esta vez sin que me rezonguen. No logro encontrar lo que necesito. Sigo sacando cosas inútiles. Entiendo que debo discriminar lo que vale de lo que no vale la pena. No sé si debería estar tan consciente así, quizás esto de la hipnosis no sea realmente para mí.

La encuentro cuando ya casi llego al fondo de la caja. Se siente metálica, el mango apenas más largo que mi palma tiene un interruptor, el foco no debe ser mayor a mi puño. No la enciendo. Aquí la tengo, digo (y se me escapa un suspiro entre los dientes que quieren retener una sonrisa), habemus luz. Creo que ya estoy pronta para volver.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Me gusta



Me gustan el campo, el rocío al amanecer, el barro, el pasto, las tranqueras que no cierran bien del todo y hay que levantarlas para que calcen. Me gustan el atardecer y sus ruidos, el aire y sus olores, los caballos, los perros, los paisajes y sus colores.
Me gustan Vilariño, Benedetti y Borges, en ese orden. El papel de calco, los mapas, la simetría, el olor a libro viejo, Zitarrosa, los trenes, los puzles, los acertijos, los retratos, la historia del arte, Ismael Serrano, el silencio de las bibliotecas y tus noches de poesía.
Me gusta viajar sola, París, Ámsterdam, Shakespeare and Co., el café, el whisky, el lino, los perfumes, la Coca Cola, las carteras, los zapatos, los escotes, los escoceses y todavía más si están en polleras y con algún whisky arriba, las hermanas Wachowski, los aeropuertos pero no los aviones.
Me gusta Van Gogh, los tejados de pizarra, los croissants, el cielo despejado, los balcones con flores, Italia (toda), los chamanes incas, el sur de Argentina, los tatuajes que narran cuentos, perdonar y que me perdonen.
Me gustan el chocolate y las papas fritas, las bocas llenas de dientes y de historias, bailar desnuda en el baño, los vecinos con buena vibra que entienden que la única forma de escuchar música es a todo volumen.
Me gustan las personas comprometidas, embarcadas en cualquier quimera, pero siempre las embarcadas, las que abrazan fuerte y miran a los ojos, las que no esconden sus monstruos, que exorcizan con amigos y con unas cuantas cervezas de por medio.
Me gustan los versos, ilustrar, las metáforas y las enumeraciones, las elucubraciones de un final mejor, la perfección suiza y la espontaneidad latinoamericana, las religiones, la astrología, las brujas y los encantamientos, los licuados de frutas, tirar fruta a diestra y siniestra.
Me gusta levantarme tarde, desayunar almorzando, ser optimista, los lunes con olor a sueños, las hierbas aromáticas de mi jardín, que vuelvas sin que te llame, que te quedes cerca, que el beso dure, que la poesía cure.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Hogar incompatible






Aprendí a andar a caballo a los cuatro años, obligado por mi padre, que a fuerza de gritos me llevaba todos los días a montar. Me exigía un entrenamiento casi olímpico, y ponía toda su esperanza en ver a su hijo convertido en un jinete profesional. Pero yo aprovechaba esas tres horas diarias para perderme en los establos, limpiando camas, juntando bosta, dando de pastar, y montando.



Con los caballos creé un vínculo de absoluta confianza, me sentía libre, ellos me respondían de una forma que yo no experimentaba en mi casa: con ellos el respeto no se ganaba con imposición, el liderazgo había que ganárselo. Tenía que ser uno más de la manada para pertenecer. Allí aprendí a los golpes, pero dolían menos.



Calculo que fue más o menos en esa época, y siempre mientras estaba a caballo, que comencé a imaginarme en otras vidas. El simple contacto con la montura me trasladaba a historias fantásticas que, dependiendo de la edad, iban haciéndose cada vez más complejas: sioux y chamanes a punto de ser atrapados por la caballería, policías y ladrones, príncipes rescatadores de princesas indefensas. Mi mente florida inventaba historias distintas todos los días, incluso a veces continuaba las historias por varios días. Esa libertad la sentía solo allí, porque en la tarde, al ir a la escuela, todo esto se desvanecía y podía rendir y concentrarme como nadie. A la noche volvía a esa extraña dinámica familiar cargada de tensión y destrato. Así que era en la manada donde yo era amo y señor de cualquier historia inventada.



Pero en mi casa yo no era amo y menos señor. Yo nací cuando mis padres habían pasado la mitad de su vida; por alguna razón no pudieron concebir y me adoptaron.  Mi padre era un déspota obsesivo. Tenía un rostro severo y pálido, ojos negros destellantes, los músculos de su barbilla temblaban espasmódicos cada vez que se enfurecía. Recuerdo que no gesticulaba al hablar y que se enfurecía con frecuencia. Era ateo militante, pero se vanagloriaba de rodearse de personas de diversos credos. Nos obligaba a comportarnos por igual con caballerizos analfabetos que con embajadores. Tenía una mente aguda y avanzada para su época. Era implacable en su negocio y también con su familia, sobre todo con su familia. Sobre todo conmigo.



Le gustaban los pájaros: llegó a tener casi una centena en jaulas especialmente diseñadas con árboles dentro, en un pent-house, en el centro de la ciudad. En nombre de su amor a ellos los tenía allí encerrados para su propio regocijo: chingolos, doraditos, e incluso un cuervo negro. Apasionado por la botánica plantó es su casa de veraneo todo tipo de especies autóctonas y silvestres: araucarias, jazmines, laureles y pitangas, que él mismo podaba cada semestre. Se decía estudioso de los mamíferos pero más de una vez lo vi prender fuego vivo a un gato o una comadreja sin mostrar el más mínimo atisbo de humanidad. De chico, yo aceptaba esos horrores como quien acepta que convivan los dos seres más incompatibles en el universo, encerrados en un mismo hogar.



No olvido sus últimas horas, en la cama del hospital. Cuando el doctor dijo que me despidiera me tomó del brazo y me dijo “No me llore, estamos. Eso no es de hombres”. No lloré, por supuesto. Pero no me quede esperando el desenlace. Estaba montando cuando mi madre me avisó.




jueves, 6 de septiembre de 2018

Me acuerdo



Me acuerdo de la vez que metí los dedos en el enchufe. Es de mis primeros recuerdos. Era de noche, estaba sola, acostada en la cama y por alguna razón me pareció oportuno meter los dos dedos en los agujeritos del tomacorriente. Me acuerdo de la sensación de la descarga eléctrica. Tenía cinco años.



Me acuerdo de la casa de mi niñez, del teléfono de disco rojo y del televisor con caja de madera que era grande como un mueble. Había que mover la antena para mejorar la señal recibida. Algunas veces alguien se tenía que quedar sosteniéndola porque así se veía mejor. Mi padre tenía un proyector para preparar las clases de facultad. A veces me dejaba pintar algún dibujo que se convertiría en diapositiva y para mí era todo un honor. Me acuerdo de los discos de pasta guardados por orden alfabético en el aparador.



Me acuerdo de mi libro preferido de niña, Héroes en zapatillas. Mis amigas supieron ser mis primeras víctimas, como yo me lo sabía de memoria les relataba las andanzas de Guillermo Tell o Iván el Terrible, lo que hoy en día nos hace reír. Nunca supe cómo fue a parar a alguna librería de Tristán Narvaja. Cuando lo fui a buscar, de adulta, no pude encontrarlo.



Me acuerdo de las siestas obligadas en verano. Ese tiempo muerto entre el mediodía y la hora de bajar a la playa. Mis padres nos prohibían, a mi hermano y a mí, salir de la casa y hacer ruido. Yo nunca quería dormir, así que me dedicaba a memorizar todas las manchas de humedad del cielorraso de mi vieja casa, los cascarones de pintura que se despegaban de las paredes, y la cantidad de segundos que mi padre no respiraba entre ronquido y ronquido. Jugaba a contar bien rápido para ver a cuánto podía llegar antes del nuevo gruñido. Creo que una vez llegué a treinta y siete.



Me acuerdo de la primera vez que un texto me hipnotizó. Estábamos en la clase de historia en inglés, repasando el siglo XX, cuando leímos el discurso I have a dream de Luther King Jr. Le pedí a la maestra que me dejara copiarlo. Fue la primera de muchas veces que me perdí el recreo por quedarme copiando un texto.



Me acuerdo del sistema logo y la tortuguita. Me acuerdo del sonido que hacía internet al conectarse vía teléfono.



Me acuerdo de mi lugar en el mundo, un lugar que nunca compartí con nadie. Involucra el mar desde lo alto, donde se ven los atardeceres más lindos de Uruguay. Es donde voy a respirar despacio y, cada tantos minutos, aspiro una bocanada extra de oxígeno. Donde se me ordenan las ideas y donde tomo las decisiones difíciles. Me acuerdo de querer absorberlo con todos los sentidos cuando estoy ahí, para después poder revivirlo cuando estoy lejos.



Me acuerdo cuando vi al novio de mi mejor amiga con otra mujer. Me acuerdo de mi vacilación sobre si contarle a mi amiga o no, y el dolor en sus ojos al escucharme. Así fue como perdí a mi mejor amiga de un día para otro.



Me acuerdo de mi primer beso y me acuerdo de la última vez que una mirada me dejó sin aliento.



Me acuerdo de la primera vez que sentí la muerte. Me estaba duchando. Me acuerdo de los azulejos cuadrados color borra de vino. El escalofrío me recorrió primero la espalda y después me vino a hablar al oído. Él me avisó que se iba con tanta paz. Decidí acompañarlo cantándole una canción, acunándolo en su partida. Le canté Blowing in the wind de Bob Dylan, no sé por qué. Sé que ahí, mientras me caía el agua por la espalda, lo despedí. Cuando salí del baño, y sonó el teléfono para avisarme el desenlace, yo ya lo sabía. A partir de ese momento me acuerdo de cada uno de mis escalofríos.



Me acuerdo cuando nació mi hija. Como era una cesárea programada yo había podido ir a la peluquería y llegué al hospital toda maquillada. Me acuerdo de la carcajada del ginecólogo cuando me vio. Me dijo: ¿vos venís a parir o vas a una fiesta? Le conteste que las dos cosas. Lo primero que hizo Antonia cuando me la acercaron fue hacerme pis en la cara, el pelo y el cuello. Yo me reía y lloraba al mismo tiempo, captando el mensaje del universo, sobrepasada por las emociones. Luego me la acercaron a la cara para poder besarla, y desesperada por encontrarse con mi pezón, se prendió de mi mentón con tal fuerza que me dejo un moretón en la cara que me duró toda la estadía en el hospital. Así empezaba mi hija a poner las cosas en su lugar.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Sgt. Pepper's




Otra vez ese horrible pitido me despierta. Reconozco la alarma del celular. De un manotazo lo tiro al piso y giro hacia el otro lado. Diez minutos después vuelve a sonar, esta vez debo bajarme de la cama porque por fortuna el teléfono rodó lejos.

Las 7:15. Maldigo el momento en que activé el recordatorio para tomar el antibiótico. Me lleva un rato recordar que es domingo. Todavía sin abrir los ojos escucho la lluvia golpear la persiana. Pretendo ignorar los ronquidos de mi marido. Pienso aliviada en la ventaja del madrugón: el resto de la casa sigue durmiendo. Me acerco a la ventana. Montevideo diluvia ya desde hace días.

Me dispongo a desayunar sola, preparo un capuchino con tostadas. Prefiero no prender el televisor, busco mis auriculares y selecciono en Spotify el Sgt. Pepper’s. Ya en los primeros acordes me arrepiento. Esa maldita costumbre de seleccionar la música que me traslada a ese lugar que no quiero ir, a la tarea que no quiero hacer. Y la lluvia. Justamente ahí, en el arranque de Getting Better, me dispongo a no seguir dilatando lo inevitable. Camino hasta el living donde la pila de cajas de cartón aplastadas me evita desde hace días.

Varias puteadas y cinco minutos después consigo armar la primera caja. Miro a mi alrededor sin saber bien por dónde empezar. Instintivamente me dirijo al pasillo. Observo la serie de fotos, citas y espejos que adornan la pared. Recuerdo como pinté las gruesas rayas horizontales de techo a piso cinco años atrás. Miro el defecto que me quedó en una de ellas, no tan paralela al piso, ese defecto que sólo yo noto. Pienso que el domingo próximo, ya mudada, no lo voy a ver más. Decido extrañarlo. Defecto o no, es mío. Probablemente los nuevos inquilinos ni lo noten. Inevitablemente empiezo a tratar de adivinar lo que pondrán en esa pared, de qué color la pintarán. Cualquier otra alternativa a mis rayas me parece absurda. Con rabia voy bajando uno a uno los adornos de la pared hasta dejarla vestida sólo con rayas.

Con la caja a medio llenar vuelvo al living, más concretamente me dirijo a la biblioteca. Para entonces me doy cuenta de que el álbum se terminó y aleatoriamente suena Something. Y la lluvia. Como mirando sin querer ver, los enfrento. Sé que tengo que dar en adopción a varios de mis libros. Selecciono los que se van conmigo. Son demasiados. Hago una segunda selección. Todavía son demasiados. Rendida, me miro en el espejo. Me veo sentada en el piso rodeada de pilas de libros, cajas y almohadones. Miro para afuera y la lluvia insiste. Decido que ésta es la última vez que me mudo.  Escucho un sonido que no reconozco. Me saco los auriculares y oigo “Mamá”. Sin necesidad intento reconocer cuál de los dos me llama, ya que al instante vuelvo a sentirlos al unísono. “Mamá”.

Las 9:10. Miro la caja a medio llenar y el caos a mi alrededor.  Agradezco mi ratito de café, Beatles y melancolía. Arrancó el domingo.

El altillo


Recién finalizado el tour vespertino por la Opera Garnier decidí caminar las siete cuadras que me separaban del Louvre. De los seis días que iba a recorrer sola la ciudad, esa noche tenía programado cenar en la exposición barroca itinerante. Era mi primera vez en París, y llevaba conmigo el mapa estudiado a fondo desde que planeé el viaje, meses atrás, en Montevideo.

Salí del teatro por la puerta sur. La tarde había empezado a caer y diluviaba. Por las calles los parisinos caminaban ataviados de forma elegante debajo de paraguas deambulantes.

Parada en lo alto de las escalinatas vi, unos peldaños más abajo, un grupo de hombres que me observaban con atención. Recordé las advertencias que había leído sobre los grupos de ladrones apostados en las afuera de las atracciones turísticas; también recordé el consejo de andar siempre con paraguas en París – nunca tuve gran tino para saber qué consejos ignorar. Miré mi mochila, la cámara de fotos, el mapa. Estaba de zapatillas y sin paraguas. Quedaba claro que era turista y estaba sola, lo que me convertía en la presa más fácil. Decidí ser cauta y evitar el infortunio, empecé a buscar una vía de escape.

A lo lejos, cruzando los semáforos podía ver la entrada lateral del Café de la Paix. Lo había pasado por alto en mi itinerario ya que no creí que fuera de mi interés, pero allí estaba frente a mí, ofreciéndome refugio. Con la mochila en la cabeza corrí los cincuenta metros que me separaban de la entrada. De reojo miré hacia atrás a los amigos de la escalera que gritaban haciendo gestos desde la acera de enfrente, conscientes que les había sacado el botín.

Decidí entrar al café a esperar a que se calmasen las aguas, de los amigos y del cielo. El famoso lugar me abrió las puertas a una ambientación de principios de siglo XX, el salón revestido en madera, el piso alfombrado, decenas de enormes arañas de hierro y caireles colgaban encima de las mesas vestidas con manteles de jacquard y tres juegos de cubiertos. Las mesas accesorias llevaban estatuas de mármol rodeadas de floreros con altísimos arreglos; una orquesta tocaba un delicioso jazz en vivo. Decidí acercarme al mostrador a mi izquierda.

- “Café s’il vous plaît” pedí para lograr entrar en calor. Me quité la mochila y apoyé la cámara de fotos en la barra.
- “Where are you from?” preguntó en un correctísimo inglés el encargado de la barra.
- “Uruguay” contesté, y lo desafié a que supiese dónde quedaba.
- “Claro que sí, un país pequeño entre Argentina y Brasil”.

Fue entonces cuando lo miré, era demasiado atractivo para ignorarlo, me sorprendí de no haberlo notado antes. Alto, delgado, rubio, con un corte de pelo corto y prolijo. Vestía una entallada camisa parisina. Una sonrisa acorde. Calculé por su porte que no era la primera vez que utilizaba su ingenio para atraer féminas curiosas. Me siguió contando en inglés que se había vuelto hincha de la celeste durante el mundial de Sudáfrica. Comentó que era albanés. Lamenté no poder devolverle la gentileza intentando sin éxito ubicar a Albania en el lugar preciso del sur de Europa.

- “I forgive you”, dijo, perdonando mi ignorancia. Sonrió, y yo debo haberle sonreído también, porque noté un cambio apenas perceptible en su actitud. Bajé la mirada y no la volví a subir hasta que me entregó el café. No sé por qué le mentí sobre mi nombre, supongo que la impunidad del anonimato resultaba tentadora; tampoco sé por qué le conté que esa era mi última noche en París.

Hacía muchos años que no ponía en práctica el arte de la conquista, pero al sonreírle mirándolo a los ojos noté la dilatación en sus pupilas, las fosas nasales engrosadas, los cabellos de la nuca empapados en sudor, su cuerpo inclinándose hacia mí sobre el mostrador que nos separaba, y recordé cómo aún los hombres más cultos y refinados, en su afán de conquista, son incapaces de disimular las similitudes que comparten con un primate en celo. Me sorprendí al recordar mis habilidades: cuanto más despliegue de pavo real acontecía en el hombre yo podía mantener la charla en dos idiomas, filosofando de religiones y política internacional, sin dejar de sonreírle y sin que nada cambiase en mi exterior. Sin dudas lo estaba disfrutando.

En algún punto de la conversación (recuerdo que todavía quedaba café) me sorprendí de mis propios pensamientos. No podía apartar mi mente del apartamento que había alquilado en el barrio latino.

Era un pequeño altillo en un antiguo edificio pegado a los jardines de Luxemburgo. Lo renté temporalmente a un parisino llamado Sindbad, que para hacerse de un ingreso extra lo subalquilaba a turistas conocidos que buscaran alojamiento. Había conocido a Sindbad unos años antes en Buenos Aires, por un amigo en común. Mi amigo, casi un cliché homosexual que podía adivinar mis gustos al dedillo, a sabiendas de mi próximo viaje, me advirtió que ese altillo me iba a enamorar. Se encontraba en un típico edificio histórico con flores en los balcones, escaleras de hierro y ascensores con puertas corredizas. Para acceder había que subir por una escalera angosta después del quinto piso; tenía vista a la torre Eiffel. Apenas cabían allí un escritorio con dos sillas, un ropero y un sillón cama destartalado. Recordé las azucenas que me había dejado Sindbad para darme la bienvenida, y el papel higiénico rosado -un detalle muy amable de su parte- porque, aunque tuviésemos un amigo en común en Montevideo, su amabilidad había excedido largamente lo que yo había pagado. Pensé en que estaba cayendo la noche y desde el departamento se vería la torre Eiffel iluminada. La noche anterior me había quedado mirando sus luces hasta quedarme dormida. Ahora se vería tan linda desde el sillón cama, pensé en el sillón vacío. Me pregunté si sería muy ruidoso. Son curiosos los detalles que uno llega a pensar cuando intenta no pensar. Recordé que esa mañana no había hecho la cama al salir.

Al mirarlo me di cuenta de que el rubio andaba adivinando mis pensamientos, y ahí quedé, expuesta y parcialmente sin aliento. Me excusé para ir al baño. Respiré profundo, me lavé la cara, las manos, la culpa. Volví y le pedí la cuenta.

- “It’s  on me”, dijo en su perfecto inglés. “Salgo en dos horas, te espero en la puerta” y agregó con ojos suplicantes “necesito verte”. Sonreí sin responderle. 
- “Au revoir” lo saludé. Tomó mi mano y me besó el dorso. “Merci Albania”, le dije cuando salí. Ya no llovía.