Me acuerdo de la vez que metí los dedos en el enchufe. Es de mis
primeros recuerdos. Era de noche, estaba sola, acostada en la cama y por alguna
razón me pareció oportuno meter los dos dedos en los agujeritos del tomacorriente.
Me acuerdo de la sensación de la descarga eléctrica. Tenía cinco años.
Me acuerdo de la casa de mi niñez, del teléfono de disco rojo y del
televisor con caja de madera que era grande como un mueble. Había que mover la
antena para mejorar la señal recibida. Algunas veces alguien se tenía que
quedar sosteniéndola porque así se veía mejor. Mi padre tenía un proyector para
preparar las clases de facultad. A veces me dejaba pintar algún dibujo que se
convertiría en diapositiva y para mí era todo un honor. Me acuerdo de los
discos de pasta guardados por orden alfabético en el aparador.
Me acuerdo de mi libro preferido de niña, Héroes en zapatillas. Mis amigas supieron ser mis primeras víctimas,
como yo me lo sabía de memoria les relataba las andanzas de Guillermo Tell o Iván
el Terrible, lo que hoy en día nos hace reír. Nunca supe cómo fue a parar a
alguna librería de Tristán Narvaja. Cuando lo fui a buscar, de adulta, no pude
encontrarlo.
Me acuerdo de las siestas obligadas en
verano. Ese tiempo muerto entre el mediodía y la hora de bajar a la playa. Mis
padres nos prohibían, a mi hermano y a mí, salir de la casa y hacer ruido. Yo
nunca quería dormir, así que me dedicaba a memorizar todas las manchas de
humedad del cielorraso de mi vieja casa, los cascarones de pintura que se
despegaban de las paredes, y la cantidad de segundos que mi padre no respiraba
entre ronquido y ronquido. Jugaba a contar bien rápido para ver a cuánto podía
llegar antes del nuevo gruñido. Creo que una vez llegué a treinta y siete.
Me acuerdo de la primera vez que un texto me hipnotizó. Estábamos en
la clase de historia en inglés, repasando el siglo XX, cuando leímos el discurso
I have a dream de Luther King Jr. Le
pedí a la maestra que me dejara copiarlo. Fue la primera de muchas veces que me
perdí el recreo por quedarme copiando un texto.
Me acuerdo del sistema logo y la tortuguita. Me acuerdo del sonido
que hacía internet al conectarse vía teléfono.
Me acuerdo de mi lugar en el mundo, un lugar que nunca compartí con
nadie. Involucra el mar desde lo alto, donde se ven los atardeceres más lindos
de Uruguay. Es donde voy a respirar despacio y, cada tantos minutos, aspiro una
bocanada extra de oxígeno. Donde se me ordenan las ideas y donde tomo las decisiones
difíciles. Me acuerdo de querer absorberlo con todos los sentidos cuando estoy
ahí, para después poder revivirlo cuando estoy lejos.
Me acuerdo cuando vi al novio de mi mejor amiga con otra mujer. Me
acuerdo de mi vacilación sobre si contarle a mi amiga o no, y el dolor en sus
ojos al escucharme. Así fue como perdí a mi mejor amiga de un día para otro.
Me acuerdo de mi primer beso y me acuerdo
de la última vez que una mirada me dejó sin aliento.
Me acuerdo de la primera vez que sentí la muerte. Me estaba duchando.
Me acuerdo de los azulejos cuadrados color borra de vino. El escalofrío me
recorrió primero la espalda y después me vino a hablar al oído. Él me avisó que
se iba con tanta paz. Decidí acompañarlo cantándole una canción, acunándolo en
su partida. Le canté Blowing in the wind de
Bob Dylan, no sé por qué. Sé que ahí, mientras me caía el agua por la espalda,
lo despedí. Cuando salí del baño, y sonó el teléfono para avisarme el desenlace,
yo ya lo sabía. A partir de ese momento me acuerdo de cada uno de mis
escalofríos.
Me acuerdo cuando nació mi hija. Como era una cesárea programada yo
había podido ir a la peluquería y llegué al hospital toda maquillada. Me acuerdo
de la carcajada del ginecólogo cuando me vio. Me dijo: ¿vos venís a parir o vas
a una fiesta? Le conteste que las dos cosas. Lo primero que hizo Antonia cuando
me la acercaron fue hacerme pis en la cara, el pelo y el cuello. Yo me reía y
lloraba al mismo tiempo, captando el mensaje del universo, sobrepasada por las
emociones. Luego me la acercaron a la cara para poder besarla, y desesperada
por encontrarse con mi pezón, se prendió de mi mentón con tal fuerza que me
dejo un moretón en la cara que me duró toda la estadía en el hospital. Así
empezaba mi hija a poner las cosas en su lugar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario