jueves, 6 de septiembre de 2018

Me acuerdo



Me acuerdo de la vez que metí los dedos en el enchufe. Es de mis primeros recuerdos. Era de noche, estaba sola, acostada en la cama y por alguna razón me pareció oportuno meter los dos dedos en los agujeritos del tomacorriente. Me acuerdo de la sensación de la descarga eléctrica. Tenía cinco años.



Me acuerdo de la casa de mi niñez, del teléfono de disco rojo y del televisor con caja de madera que era grande como un mueble. Había que mover la antena para mejorar la señal recibida. Algunas veces alguien se tenía que quedar sosteniéndola porque así se veía mejor. Mi padre tenía un proyector para preparar las clases de facultad. A veces me dejaba pintar algún dibujo que se convertiría en diapositiva y para mí era todo un honor. Me acuerdo de los discos de pasta guardados por orden alfabético en el aparador.



Me acuerdo de mi libro preferido de niña, Héroes en zapatillas. Mis amigas supieron ser mis primeras víctimas, como yo me lo sabía de memoria les relataba las andanzas de Guillermo Tell o Iván el Terrible, lo que hoy en día nos hace reír. Nunca supe cómo fue a parar a alguna librería de Tristán Narvaja. Cuando lo fui a buscar, de adulta, no pude encontrarlo.



Me acuerdo de las siestas obligadas en verano. Ese tiempo muerto entre el mediodía y la hora de bajar a la playa. Mis padres nos prohibían, a mi hermano y a mí, salir de la casa y hacer ruido. Yo nunca quería dormir, así que me dedicaba a memorizar todas las manchas de humedad del cielorraso de mi vieja casa, los cascarones de pintura que se despegaban de las paredes, y la cantidad de segundos que mi padre no respiraba entre ronquido y ronquido. Jugaba a contar bien rápido para ver a cuánto podía llegar antes del nuevo gruñido. Creo que una vez llegué a treinta y siete.



Me acuerdo de la primera vez que un texto me hipnotizó. Estábamos en la clase de historia en inglés, repasando el siglo XX, cuando leímos el discurso I have a dream de Luther King Jr. Le pedí a la maestra que me dejara copiarlo. Fue la primera de muchas veces que me perdí el recreo por quedarme copiando un texto.



Me acuerdo del sistema logo y la tortuguita. Me acuerdo del sonido que hacía internet al conectarse vía teléfono.



Me acuerdo de mi lugar en el mundo, un lugar que nunca compartí con nadie. Involucra el mar desde lo alto, donde se ven los atardeceres más lindos de Uruguay. Es donde voy a respirar despacio y, cada tantos minutos, aspiro una bocanada extra de oxígeno. Donde se me ordenan las ideas y donde tomo las decisiones difíciles. Me acuerdo de querer absorberlo con todos los sentidos cuando estoy ahí, para después poder revivirlo cuando estoy lejos.



Me acuerdo cuando vi al novio de mi mejor amiga con otra mujer. Me acuerdo de mi vacilación sobre si contarle a mi amiga o no, y el dolor en sus ojos al escucharme. Así fue como perdí a mi mejor amiga de un día para otro.



Me acuerdo de mi primer beso y me acuerdo de la última vez que una mirada me dejó sin aliento.



Me acuerdo de la primera vez que sentí la muerte. Me estaba duchando. Me acuerdo de los azulejos cuadrados color borra de vino. El escalofrío me recorrió primero la espalda y después me vino a hablar al oído. Él me avisó que se iba con tanta paz. Decidí acompañarlo cantándole una canción, acunándolo en su partida. Le canté Blowing in the wind de Bob Dylan, no sé por qué. Sé que ahí, mientras me caía el agua por la espalda, lo despedí. Cuando salí del baño, y sonó el teléfono para avisarme el desenlace, yo ya lo sabía. A partir de ese momento me acuerdo de cada uno de mis escalofríos.



Me acuerdo cuando nació mi hija. Como era una cesárea programada yo había podido ir a la peluquería y llegué al hospital toda maquillada. Me acuerdo de la carcajada del ginecólogo cuando me vio. Me dijo: ¿vos venís a parir o vas a una fiesta? Le conteste que las dos cosas. Lo primero que hizo Antonia cuando me la acercaron fue hacerme pis en la cara, el pelo y el cuello. Yo me reía y lloraba al mismo tiempo, captando el mensaje del universo, sobrepasada por las emociones. Luego me la acercaron a la cara para poder besarla, y desesperada por encontrarse con mi pezón, se prendió de mi mentón con tal fuerza que me dejo un moretón en la cara que me duró toda la estadía en el hospital. Así empezaba mi hija a poner las cosas en su lugar.

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