Otra vez ese
horrible pitido me despierta. Reconozco la alarma del celular. De un manotazo
lo tiro al piso y giro hacia el otro lado. Diez minutos después vuelve a sonar,
esta vez debo bajarme de la cama porque por fortuna el teléfono rodó lejos.
Las 7:15. Maldigo
el momento en que activé el recordatorio para tomar el antibiótico. Me lleva un
rato recordar que es domingo. Todavía sin abrir los ojos escucho la lluvia
golpear la persiana. Pretendo
ignorar los ronquidos de mi marido. Pienso aliviada en la ventaja del madrugón:
el resto de la casa sigue durmiendo. Me acerco a la ventana. Montevideo diluvia
ya desde hace días.
Me dispongo a
desayunar sola, preparo un capuchino con tostadas. Prefiero no prender el
televisor, busco mis auriculares y selecciono en Spotify el Sgt. Pepper’s. Ya en los primeros
acordes me arrepiento. Esa maldita costumbre de seleccionar la música que
me traslada a ese lugar que no quiero ir, a la tarea que no quiero hacer. Y la
lluvia. Justamente ahí, en el arranque de Getting
Better, me dispongo a no seguir dilatando lo inevitable. Camino hasta el
living donde la pila de cajas de cartón aplastadas me evita desde hace días.
Varias puteadas
y cinco minutos después consigo armar la primera caja. Miro a mi alrededor sin
saber bien por dónde empezar. Instintivamente me dirijo al pasillo. Observo la
serie de fotos, citas y espejos que adornan la pared. Recuerdo como pinté las gruesas
rayas horizontales de techo a piso cinco años atrás. Miro el defecto que me
quedó en una de ellas, no tan paralela al piso, ese defecto que sólo yo noto.
Pienso que el domingo próximo, ya mudada, no lo voy a ver más. Decido
extrañarlo. Defecto o no, es mío. Probablemente los nuevos inquilinos ni lo
noten. Inevitablemente empiezo a tratar de adivinar lo que pondrán en esa pared,
de qué color la pintarán. Cualquier otra alternativa a mis rayas me parece
absurda. Con rabia voy bajando uno a uno los adornos de la pared hasta dejarla
vestida sólo con rayas.
Con la caja a
medio llenar vuelvo al living, más concretamente me dirijo a la biblioteca. Para
entonces me doy cuenta de que el álbum se terminó y aleatoriamente suena Something. Y la lluvia. Como mirando sin
querer ver, los enfrento. Sé que tengo que dar en adopción a varios de mis
libros. Selecciono los que se van conmigo. Son demasiados. Hago una segunda
selección. Todavía son demasiados. Rendida, me miro en el espejo. Me veo
sentada en el piso rodeada de pilas de libros, cajas y almohadones. Miro para
afuera y la lluvia insiste. Decido que ésta es la última vez que me mudo. Escucho un sonido que no
reconozco. Me saco los auriculares y oigo “Mamá”. Sin necesidad intento
reconocer cuál de los dos me llama, ya que al instante vuelvo a sentirlos al unísono.
“Mamá”.
Las 9:10. Miro
la caja a medio llenar y el caos a mi alrededor. Agradezco mi ratito de café, Beatles y
melancolía. Arrancó el domingo.
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