miércoles, 31 de octubre de 2018

Las cuarenta



Mi amiga divorciada había conseguido chongo nuevo. Así, cada lunes, me texteaba las peripecias del finde con lujo de detalles. Se la notaba rejuvenecida, ella decía que era de tanto darle, pero yo sé que era la felicidá que da el amor, si, duro como suene reconocerlo. Así pateando nubes andaba, hasta hace unas semanas, cuando el chongo la dejó sin darle mucha explicación. Le metió cualquiera: ahora parece que todo verso vale, como una tía mía que votó al Cuquito porque le parecía fachero, una zaraza similar.

Para levantarle el ánimo decidimos sacarla a bailar: las separadas iban de cacería, las otras mirábamos la libertad de reojo, no pudiendo disimular una cierta envidia. Recuerdo cuando no hace tanto, si veía una manada como la nuestra, pensaba «ahí vienen las divorciadas hambrientas». Esas losers que venían a divertirse una noche barriéndote el pibito que vos llevabas meses chamuyando. Y sí, los de veinte se te daban vuelta como una media sabiendo que la iban a pasar bomba y sin tanto laburo.

Lo que no te cuentan es que en el boliche las cuarentonas vamos como esa gente que rocía el perfumador en el baño, queriendo disimular algo que se siente a kilómetros. Todo cambia, el cuerpo ya no resiste las adversidades de la noche, las patas de gallo te surcan los ojos, no hay delineador ni tapa ojeras que te hagan parecer despierta. Las pendejas te pasan por al lado con piernas kilométricas sin celulitis y panzas chatas de-ningún-embarazo, y vos tratando de guardar a presión rollos y estrías. Nah, te convencés que ya no da para mostrar tanto, que ahora seducís desde la labia. Ponele. Bien sabés que si mostrás la raviolera vas presa por atentado violento al pudor.

Encima te cambian los códigos: desciframe las redes sociales. Hablame de cuando te mandan por privado memes o bolufrases o esos emoticones de mierda. ¿Qué carajo quiere decir que nos manden una cara con estrellas? ¿O un corazón amarillo? Flacos: esmérense un poco más, no somos millenials, no entendemos nada. Tenemos que aprender a bancarnos mansas que nos claven el visto o que de repente prendan la regadera de likes. Y vos, que subís esa foto en la que te costó un huevo conseguir que se te marque la cintura, cual contorsionista del Cirque du Soleil, y pasado un tiempo prudencial autoestablecido recorrés el listado de likes con el dedito para ver si está justo ese like que te importa (sí, siempre es uno solo, y sí, se hace desear), y no, no está. ¡Qué malhumor pibe! No entendés nada.

No te cuentan que después de separarte y divertirte una, dos, diez veces, de anotar varias entradas en tu diario íntimo invisible sobre experiencias que te chupan un huevo, vas a querer volver a sentir. Y ahí, tu única fantasía sexual es dejar de atraer pelotudos. Tu propio poder de proyección hace que, aunque todavía no hayas salido con el pibe, ya estés pensando cómo se llevarán sus hijos con los tuyos. Ya stalkeaste a la ex para ver si vas a tener que fumarte una mina cara de orto forever, pero, sobre todo, para que se confirme lo que es tu principal obsesión: que por favor esté más arrugada que vos.

Y es que no te cuentan que las rupturas a los cuarenta se procesan heavy, mucho soltar, carpe diem e ainda mais, pero lo cierto es que está minado de forros que a la primera te tildan de histérica, y ni te gastes en mandarlos a la mierda porque no saben dónde queda. Se hacen cero cargo, mucha presión les da alergia; no es que quiera justificarlos, pero sí, tiene lógica, es mucho más tentador ser un imbécil que laburar en una relación. Haceme caso, hay que salir corriendo al primer rasgo de pelotudez. Después te encariñas y marchaste. Vas coleccionando nabos.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Lo que surge del miedo



Temblando, cierro las páginas de mi propio libro. La tapa, negra, hace que las letras blancas resalten y se desprendan como un holograma hacia mis ojos. No puedo retener el título. Nunca pude, no logro que me interese. De hecho, lo que está escrito es porque debía estarlo, aunque yo prefiera no recordar. 

Los meses anteriores a empezar la novela los pasé en mi casa de veraneo, tratando, en vano, de encontrar inspiración. Las palabras me esquivaban como si me repelieran. Al principio no le di demasiada importancia, me dediqué a estar con mis hijos y los paseos por la orilla del mar se convirtieron en mi escapatoria a la tortura de sentarme frente a la inexpresiva computadora. Sin embargo, con el pasar de esas semanas que parecieron años, el bloqueo infernal se adjudicó unos dedos mordisqueados y cinco kilos. Logré terminar a duras penas dos o tres relatos cortos que hasta al olvido le darían vergüenza. Nunca el pánico tuvo tanto olor a fracaso. 

En ese letargo estaba ensimismado ese día. Las ideas me evadían, un personaje flojo que me resultaba detestable y un argumento olvidable ocupaban toda mi concentración, mientras mi esposa gritaba por Felipe. Y Felipe flotaba, una medusa de pelos negros bailando debajo de la superficie con su espalda hacia el sol. Esos segundos en que demoré en reaccionar sobrevino, como en un déjà vu, una inesperada calma, un murmullo que me dijo que era su hora. Una certeza temida y tenebrosa. Pero no lo dejé ir. Lo sacudí con fuerza, succioné todo lo que encontré en su interior y le masajeé el pecho y le ordené a su corazón que volviera a latir. 

Felipe es mi preferido. Y le temo a su muerte desde el día en que nació. Es el primero y el más frágil de mis tres varones. Es tímido, retraído, educado, bastante parecido a mí. No me pasa con los otros, Tomás es más grande y fuerte, Seba es el carismático. Pero Felipe es mi preferido y no puedo decirlo en voz alta, ni escribirlo, y sé que es frágil de carácter y débil, y que temo por su muerte, y que, si uno piensa mucho en algo, lo atrae, pero es que el shit happens sucede todo el tiempo a la gente de bien, y Felipe sacó todos los números. 

De mis miedos recurrentes, el de la hoja en blanco queda infantilizado al lado del de la muerte de mi hijo mayor. Sabía que debía exorcizarlo y así fue cómo, desde que Felipe volvió de la muerte, las palabras me empezaron a invadir. Como si él las hubiese traído consigo desde el más allá. El caos que devino me tomó por sorpresa. Mis novelas anteriores habían surgido de un método casi científico, me despertaba y me sentaba con un café en el escritorio, de allí no me levantaba hasta tres horas después. A ese ritmo, para el mediodía, tenía casi todo el trabajo del día hecho. 

Pero ahora las letras me llegaban mientras cocinaba o me duchaba, con frecuencia me vi en la necesidad de garabatear la mampara empañada para no olvidar. Vomitaba las palabras desde mi vientre y las dibujaba en pánico y locura. Los personajes y escenarios en los que armar toda esta historia surgieron de manera espontánea, en una semana todo quedó escrito y pronto para editar.

Hoy es la primera vez que me enfrento al libro impreso. Allí está, plasmada, la suma de todos mis miedos: la hoja en blanco y la muerte, que, cuál paradoja, constituyeron la muerte de mi hoja en blanco. Así encontré la forma de asegurarle la vida a mi hijo, haciendo un trato obvio con el destino: como en un juego de probabilidades, lo que sucede en la ficción no debería nunca poder acontecer en la realidad. Es solo que no comprendo por qué sigo temblando.

jueves, 18 de octubre de 2018

Mi Tribu


Sábado 13 de octubre
Hoy amaneció con uno de esos soles privilegiados que nadie podía anticipar con los truenos y la lluvia incesante de anoche. Me levanté antes de que suene el despertador y armé el bolso. Creo que esta vez no me olvidé de nada, metí bombachas y abrigo primero, que es lo que siempre me olvido. También las gemas, cartas de hadas, cuencos, tarot, duendes, porro y los juegos de caja para adultos que me llegaron de Amazon.
De todos los grupos de amigas que tengo: las del colegio, las de los caballos, las de los veranos, las crocantes, las chetas del barrio privado, las del Sanca, las de la universidad; es probable que las brujas sean las más bohemias. Yo siempre fui bastante más de desencajar en los grupos que de formar parte. Entre mis amigas espirituales soy la escéptica; y soy la rara, la piradísima entre mis amigas incrédulas. Soy la estirada entre mis amigas bohemias y la hippie de mis amigas presumidas. Es un ni-ni permanente en el que me balanceo, ni blanca ni negra, ni alta ni baja, ni facha ni revolucionaria ¿Es que soy muy veleta o que tengo amigas de lo más variadas? Me siento un parásito fagocitando experiencias y quedándome solo con lo que me sirve. ¡Qué feo, che! En fin, este fin de semana largo por el descubrimiento de América se lo voy a dedicar a mis amigas, las brujas.
Las brujas nos conocimos de casualidad hace dos años y desde entonces meditamos juntas cada luna llena. No las conozco a fondo, no me sé el nombre de sus hijos ni de sus esposos, pero sí las conozco tanto como para que esos detalles no me importen. Somos esa especie inexplicable de hechiceras urbanas que debajo de nuestro disfraz de profesionales exitosas y madres abnegadas que hacen el car pool dos veces por semana, cada tanto, sacamos la escoba, el caldero y las pócimas. Cuando las del barrio me preguntan qué es eso que tanto hago en las lunas llenas, les digo que aúllo a la luna, y ríen. Poco se imaginan que no hay nada más cierto.

Domingo 14 de octubre
Ya no estoy para estos trotes. Me levanté con dolor de cabeza. No quería salir del sobre de dormir. Abrí los ojos y me supe la más dormilona. Desde afuera de la casa llegó el trinar de los pájaros y desde el piso de abajo el de cinco mujeres desafinadas; y risas y más risas. Abrí la ventana y me puse a escribir. Hasta que no se den cuenta de que me desperté no me van a obligar a bajar, así que puedo meter un poco de escritura.    
Ayer no nos quedó nada por hacer, nada por charlar, nada por ver. Se nos manifestaron todos los invitados, se unieron a la reunión churrinches, caballos y serpientes. A la noche, mientras crepitaba el fuego las más jóvenes de la tribu escuchamos con admiración a las más viejas y supongo que devolvimos pasión y entusiasmo a su vez. Aquí nadie juzga, todas sienten.
En la mesa frente a la estufa quedaron como testigos muertos tres botellas de vino, una de whisky, y una caja de cigarros. 
"¡Cállense cotorras que no me puedo concentrar!", les grité recién. "¡No nos digas que estás escribiendo!", "Lorena, no vayas a escribir de nosotras", "Te mato nena", grita una. Cacarean entre risas ahogadas en bizcochos, imagino. Les dije que por haberme despertado voy a desparramar todos sus secretos cual licuadora sin tapa. 
Risas y más risas. Voy a tener que bajar. Me gusta la gente que exorciza con amigos, entre carcajadas y mares de lágrimas. La existencia se transforma así en algo sagrado.

Lunes 15 de octubre
Acá estamos, tomando el primer sol de la tarde a orillas del agua después de hacernos reiki. Buscamos un lugar apartado entre las piedras y por suerte no pasó un alma desde que llegamos, bueno un alma de las encarnadas, porque seres habemus una banda. Las demás brujas están acostadas contra las piedras, yo arriba de un árbol, sacando apuntes. El sol arde y las piedras de las sierras calientan la primavera, el cielo toma un tono más claro que el de la ciudad.
Nos miro y observo el cruce de linajes.
Somos seis mujeres reales, de esas que caminan al azar por la ciudad en pleno siglo veintiuno. Somos de todas las edades, colores y lugares. Nos siento una.
Somos amantes de la naturaleza, de lo divino y de lo humano. Somos hijas de sangre, hijas de corazón, hemos abortado hijos no deseados, hemos abortado hijos deseados; tenemos tanto amor para dar que hemos decidido ser madres solteras, adoptado mascotas y abandonado profesiones después de muchos años para dedicarnos a nuestra pasión.
Tenemos hijos grandes que ni estudian ni trabajan a los que quisiéramos matar, hijos chicos que nos vuelven locas, esposos a los que amamos; tenemos tanto amor para dar que deseamos tener pareja y no llega, nos hemos confundido con otros hombres estando casadas, hemos padecido dolores culposos en el más profundo silencio. Somos amadas por nuestros padres y abusadas por ellos, un papá alcohólico, una mamá narcisista, un papá violador, una mamá abandónica y negligente, unos papás que nunca existieron.
Tenemos alas. Pies descalzos. Garras. Sueños que parecen ser los mismos a los treinta que a los sesenta. 
Esta es mi tribu, pero entiendo que, de esta tribu, somos todas.

viernes, 12 de octubre de 2018

Una real historia de histeria



Esta es una real historia de histeria.

Se dice que cada familia es un mundo, pero es que hay mundos y mundos, y en el árbol genealógico de esta familia se dieron dos particularidades. Todas las mujeres tenían la triste historia de padecer histeria. Y todas ellas, sin excepción, se casaron con hombres de apellido King.

Por estas particularidades se trató de estudiar el genoma familiar. Se aislaron los genes D-sco-K2 (para facilitarle al lector no científico, se hará referencia a los genes por su fonética, léase descocados). Se encontró que los genes descocados eran autosómicos dominantes por línea materna, siendo los causantes de la histeria femenina y de su atracción a los hombres King.

La primera mutación genética se encontró en la Abuela Coca, que fue tratada por Jung por histeria. Cuentan que había llevado una vida ordenada hasta la adultez, cuando los genes descocados se expresaron y se obsesionó con probar los colchones que fabricaba su marido. Quería establecer el algoritmo entre el tamaño del colchón y la cantidad de hombres que podía albergar. El señor King se puso firme, mandó a la Coca al psiquiatra, y estandarizó el tamaño de su colchón “solo para dos” bautizándolo con su nombre.

La hermana de la Abuela Coca, la Coca Sarli, estaba casada con King Kong, un espécimen un tanto velludo con facciones simiescas. Se conocieron siendo actores secundarios y ahí fue cuando los genes descocados hicieron mella en la carne de Coca, quien viajó a Argentina y se convirtió en símbolo sexual de su generación, actuando en múltiples películas de culto. Esto a King le provocó el celo, lo que lo que motivó a irse a Hollywood, donde protagonizó un remake de una famosa película japonesa.

La hija, la Coca Cola, tenía un cuerpo de botella que enloquecía a cualquier hombre que se le acercara. Ella nunca pudo disimular los genes descocados, parte por la sinuosidad de su cuerpo, pero también por la dulzura de su alma. Su efervescencia la llevó a casarse con el cocinero del restaurante que frecuentaba a diario, don Burger King. Con la ayuda de la Coca Cola el don aprendió su oficio y abrió su primera sucursal. La dupla a posteriori resultó muy próspera para los emprendimientos alimenticios.

La hermana de la Coca Cola, la Ro Cola, se había casado con B.B. King. Cuando se conocieron, él ya era el rey del blues y ella se enloqueció por reproducirlo. La Ro Cola se batía al ritmo de guitarras, saxos y trompetas. Funcionaron muy bien hasta que la Ro Cola un día se ralló y empezó a flirtear con discos de otros músicos. La pareja, ya disonante, se separó, él se llevó sus Grammys y la dejó a ella rota en un rincón.

La sobrina de la Coca, la Coca Ina, estuvo casada con Stephen King. La Coca Ina estaba contentísima y lo hacía ver las estrellas. Pero sucede que los genes descocados hacían estragos en la Coca Ina, quien no podía serle fiel al pobre escritor; al parecer ella fue la más promiscua de las Cocas. Sus amantes se cuentan por miles. Sin embargo, cuando Stephen la dejó, ella quedó hecha polvo.  Pero no todo fue un camino de espinas en su matrimonio, los años que estuvieron casados marcaron la etapa más prolífica del escritor. Sus letras se propagaban como reguero de pólvo-ra. A las malas personas les gusta meter en sus narices asuntos ajenos y comentar que mientras estaba con la Coca Ina fue que él aspiró a producir sus mejores obras.

Dicen que los últimos miembros del clan, los dueños de la afamada librería Shakespeare and Co-ca, la Loca Coca y su esposo King Lear, estuvieron dedicados por completo a la literatura. No tuvieron descendencia porque los genes descocados provocaron que ella tuviera una insaciable sed de lectura, vivía de historia en historia, y él, agotado de que ella confundiera la lingüística con algo más, le decía “Toma nota Loca Coca: toca poca boca”. Y resulta entendible, pobre King, es que con histeria no hay historias.

sábado, 6 de octubre de 2018

El pecado de Aidé


Aidé llega sola a la Generalidad de Cataluña e ingresa por la calle lateral. Todavía falta una hora para la presentación de su libro, pero detesta la impuntualidad casi tanto como el color marrón. Se toca instintivamente la cruz que lleva colgada a su cuello desde que se la regaló su abuela para la comunión, casi cinco décadas atrás. No le puede faltar si tiene que enfrentar multitudes o hablar en público.

–No existe escritor sin lector, o mejor aún, sin ventas –le repite su agente todos los años para convencerla de presentarse en la Feria Internacional del Libro. No hay hombre que le resulte más detestable, es un cincuentón que alguna vez pretendió escribir, sin éxito claro está, y que con plata de familia y mucha suerte fundó una editorial.  A Aidé poco le importan las ventas, los lectores, las preguntas, o los periodistas. Ella escribe para conocerse más a sí misma, y si a alguien más le gusta, tanto mejor.

La encargada de prensa la espera en la puerta para dirigirla a la sala Rodoreda, la más amplia del lugar. Aidé está más nerviosa que nunca y, por el camino, se desquita preguntando todo: si ya probaron los micrófonos, si le dejaron agua en la mesa, si no se le corrió el maquillaje, si el periodista aquél está habilitado a hacerle preguntas, si había visto a la escritora aquélla con la que se había peleado años atrás pero que todavía la ponía nerviosa con su presencia.

"Por favor que me sea leve" ora, amparándose en el crucifijo. Entra a la sala. El público la recibe con un aplauso cerrado. Aidé intenta esbozar una sonrisa mientras responde con un saludo sutil, alzando la mano. Sobre la mesa hay varios ejemplares de su último libro, ¿Soy una mujer honrada? Se sienta junto a la presentadora, una aspirante a escritora de esas que ella repudia, las que se ponen a escribir por hobby a mediana edad. "Que alguien le ahorre el disgusto" piensa, y le dirige una mueca cordial. Luego de una breve presentación y algunas preguntas tontas, uno le lanza el tan temido molotov.

–¿Qué tanto tiene de autorreferencial su obra?

Aidé lo mira, como para matarlo, ahí está el no autorizado haciendo de las suyas, querría decirle "¡todo, imbécil!", pero en su lugar contesta:

Bueno, en ese mismo período de mi vida yo me había llegado a sentir mortalmente aburrida, anestesiada. También esa etapa resultó en una separación, a su vez. Pero creo que nada más.

–¿Como describiría a su protagonista?

– Penélope es ocurrente, caprichosa, talentosa e inmadura, y quiere saberlo todo. Es una nena curiosa que excede la idiosincrasia de sus padres, que son una típica pareja de profesionales de clase media, despolitizada y desideologizada. Es fanática de las enciclopedias y la clase de literatura es la que más espera en el colegio bilingüe a donde asiste.  Al crecer, Penélope es lo que se le da la gana. Es inquieta, inconforme, activista. Fue surgiendo así: de temperamento fuerte, de amores fuertes, de apetencias y rechazos fuertes.

¿Y usted, Aidé? –insiste otra vez el bolastristes; "yo soy igual".

–Bueno, yo soy mucho más tranquila. De joven era ansiosa y testaruda, me fastidiaba desarrollar o explicar, pero en la adultez aprendí de disciplina y control, aunque también sufría de vez en cuando por mi impulsividad. Parece que ahora estoy más madura –sonríe a la audiencia buscando complicidad y rastrea la mirada de algún otro periodista que la rescate. Pero el estúpido no se da por vencido.

–Me refiero a si usted también es capaz de abandonarlo todo por una pasión.

De pronto siente como dos manos heladas le oprimen el cogote hasta cortarle la respiración: mientras el aire le queda trancado en los pulmones, la presión le sube por la garganta buscando escape "ni se te ocurra llorar ahora Aidé, por favor"; y  también siente la cara de él, que se le aparece desde el ayer, con la misma fuerza con la que el diablo la ahorca ahora con sus dedos, esa cara que ni el santo dios del cielo la salva de tanto recordar.

 –No, yo no. Yo sí soy una mujer honrada.