Aprendí a andar a caballo a los cuatro años, obligado por mi padre,
que a fuerza de gritos me llevaba todos los días a montar. Me exigía
un entrenamiento casi olímpico, y ponía toda su esperanza en ver a su hijo
convertido en un jinete profesional. Pero yo aprovechaba esas tres horas
diarias para perderme en los establos, limpiando camas, juntando bosta, dando
de pastar, y montando.
Con los caballos creé un vínculo de absoluta confianza, me sentía
libre, ellos me respondían de una forma que yo no experimentaba en mi casa: con
ellos el respeto no se ganaba con imposición, el liderazgo había que ganárselo.
Tenía que ser uno más de la manada para pertenecer. Allí aprendí a los golpes,
pero dolían menos.
Calculo que fue más o menos en esa época, y siempre mientras estaba
a caballo, que comencé a imaginarme en otras vidas. El simple
contacto con la montura me trasladaba a historias fantásticas que, dependiendo
de la edad, iban haciéndose cada vez más complejas: sioux y chamanes a punto de
ser atrapados por la caballería, policías y ladrones, príncipes rescatadores de
princesas indefensas. Mi mente florida inventaba historias distintas todos los
días, incluso a veces continuaba las historias por varios días. Esa libertad la
sentía solo allí, porque en la tarde, al ir a la escuela, todo esto se
desvanecía y podía rendir y concentrarme como nadie. A la noche volvía a esa
extraña dinámica familiar cargada de tensión y destrato. Así que era en la
manada donde yo era amo y señor de cualquier historia inventada.
Pero en mi casa yo no era amo y menos señor. Yo nací cuando mis padres habían pasado la mitad de su vida; por alguna razón no pudieron
concebir y me adoptaron. Mi padre era un déspota obsesivo. Tenía un rostro severo y pálido, ojos negros
destellantes, los músculos de su barbilla temblaban espasmódicos cada vez que
se enfurecía. Recuerdo que no gesticulaba al hablar y que se enfurecía con
frecuencia. Era ateo militante, pero se vanagloriaba de rodearse de personas de
diversos credos. Nos obligaba a comportarnos por igual con caballerizos
analfabetos que con embajadores. Tenía una mente aguda y avanzada para su
época. Era implacable en su negocio y también con su familia, sobre todo con su
familia. Sobre todo conmigo.
Le gustaban los pájaros: llegó a tener casi una centena en jaulas
especialmente diseñadas con árboles dentro, en un pent-house, en el centro de
la ciudad. En nombre de su amor a ellos los tenía allí encerrados para su
propio regocijo: chingolos, doraditos, e incluso un cuervo negro.
Apasionado por la botánica plantó es su casa de veraneo todo tipo de especies
autóctonas y silvestres: araucarias, jazmines, laureles y pitangas, que él mismo
podaba cada semestre. Se decía estudioso de los mamíferos pero más de una vez
lo vi prender fuego vivo a un gato o una comadreja sin mostrar el más mínimo
atisbo de humanidad. De chico, yo aceptaba esos horrores como quien acepta que
convivan los dos seres más incompatibles en el universo, encerrados en un mismo
hogar.
No olvido sus últimas horas, en la cama del hospital. Cuando el
doctor dijo que me despidiera me tomó del brazo y me dijo “No me llore,
estamos. Eso no es de hombres”. No lloré, por supuesto. Pero no me quede
esperando el desenlace. Estaba montando cuando mi madre me avisó.

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