viernes, 14 de septiembre de 2018

Hogar incompatible






Aprendí a andar a caballo a los cuatro años, obligado por mi padre, que a fuerza de gritos me llevaba todos los días a montar. Me exigía un entrenamiento casi olímpico, y ponía toda su esperanza en ver a su hijo convertido en un jinete profesional. Pero yo aprovechaba esas tres horas diarias para perderme en los establos, limpiando camas, juntando bosta, dando de pastar, y montando.



Con los caballos creé un vínculo de absoluta confianza, me sentía libre, ellos me respondían de una forma que yo no experimentaba en mi casa: con ellos el respeto no se ganaba con imposición, el liderazgo había que ganárselo. Tenía que ser uno más de la manada para pertenecer. Allí aprendí a los golpes, pero dolían menos.



Calculo que fue más o menos en esa época, y siempre mientras estaba a caballo, que comencé a imaginarme en otras vidas. El simple contacto con la montura me trasladaba a historias fantásticas que, dependiendo de la edad, iban haciéndose cada vez más complejas: sioux y chamanes a punto de ser atrapados por la caballería, policías y ladrones, príncipes rescatadores de princesas indefensas. Mi mente florida inventaba historias distintas todos los días, incluso a veces continuaba las historias por varios días. Esa libertad la sentía solo allí, porque en la tarde, al ir a la escuela, todo esto se desvanecía y podía rendir y concentrarme como nadie. A la noche volvía a esa extraña dinámica familiar cargada de tensión y destrato. Así que era en la manada donde yo era amo y señor de cualquier historia inventada.



Pero en mi casa yo no era amo y menos señor. Yo nací cuando mis padres habían pasado la mitad de su vida; por alguna razón no pudieron concebir y me adoptaron.  Mi padre era un déspota obsesivo. Tenía un rostro severo y pálido, ojos negros destellantes, los músculos de su barbilla temblaban espasmódicos cada vez que se enfurecía. Recuerdo que no gesticulaba al hablar y que se enfurecía con frecuencia. Era ateo militante, pero se vanagloriaba de rodearse de personas de diversos credos. Nos obligaba a comportarnos por igual con caballerizos analfabetos que con embajadores. Tenía una mente aguda y avanzada para su época. Era implacable en su negocio y también con su familia, sobre todo con su familia. Sobre todo conmigo.



Le gustaban los pájaros: llegó a tener casi una centena en jaulas especialmente diseñadas con árboles dentro, en un pent-house, en el centro de la ciudad. En nombre de su amor a ellos los tenía allí encerrados para su propio regocijo: chingolos, doraditos, e incluso un cuervo negro. Apasionado por la botánica plantó es su casa de veraneo todo tipo de especies autóctonas y silvestres: araucarias, jazmines, laureles y pitangas, que él mismo podaba cada semestre. Se decía estudioso de los mamíferos pero más de una vez lo vi prender fuego vivo a un gato o una comadreja sin mostrar el más mínimo atisbo de humanidad. De chico, yo aceptaba esos horrores como quien acepta que convivan los dos seres más incompatibles en el universo, encerrados en un mismo hogar.



No olvido sus últimas horas, en la cama del hospital. Cuando el doctor dijo que me despidiera me tomó del brazo y me dijo “No me llore, estamos. Eso no es de hombres”. No lloré, por supuesto. Pero no me quede esperando el desenlace. Estaba montando cuando mi madre me avisó.




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