El pasto en diferentes tonos de verde, el trinar del churrinche en la rama, sobre la baldosa partida un envoltorio de caramelo, girando una bolsa de plástico, el aroma del cielo de primavera y después, la nada. Juro que no me acuerdo de nada más.
Si me concentro lo suficiente, no obstante, creo poder recordar cómo empieza aquella tarde. El grandioso Falcon verde me espera a la salida del colegio, con las manos de mi querida madre al volante.
―Amelia, hoy no me quedo a esperarte. Te volvés a casa con el Bocha.
Una tarde tan normal como cualquier otra tarde: asisto al mejor colegio bilingüe de Manaos, nunca presto demasiada atención en clase, salvo en inglés y quizás en literatura, tengo un puñado de buenas amigas y un primer amigovio desabrido. Al tiempo que mi padre reparte órdenes a mansalva en un banco, mi madre me va a buscar al colegio, y me lleva a practicar equitación. Entreno dos horas diarias con caballos traídos especialmente para mí de Europa, y el simpático y confiable Bocha es mi adorado entrenador hace ya seis años.
Bajo su tutela me he convertido de una amazona mediocre a campeona nacional, de niña insegura a adolescente irreverente. Practicamos en los picaderos del cuartel en que el Bocha es coronel.
Recuerdo que esa tarde el entrenamiento es especialmente duro, preparamos desempates a contrarreloj sobre una altura máxima, lo que hace surgir el temperamento más primitivo de mis contrapartes, el zaino vuela dócil sobre las vallas, mientras que la yegua se muestra molesta ante la exigencia, corcovea en cada curva y se niega a saltar un par de obstáculos.
Después de desensillar, el Bocha me dice que me quiere mostrar los avances de la oficina que está construyendo en el cuartel. Mientras caminamos me cuenta orgulloso cómo, con unos billetes negros que fue apartando, está construyendo esa oficina para él y los oficiales que lo sucederán.
La construcción es del tamaño de una casa de huéspedes, con tres piezas. Entramos directo a una luminosa oficina desde donde veo, por una puerta abierta, los azulejos del baño. Algo me dice sobre el dormitorio, o que ahí piensa dormitar sus siestas, o que está todavía en escombros, o que por eso no me lo muestra. Creo. Lo que más orgulloso lo tiene es el cuero italiano que consiguió para tapizar los silloncitos frente al escritorio. En uno de ellos se sienta. No deja de hablar del cuero marrón.
―¿Te gusta cómo va quedando?
―Está quedando muy lindo todo. Te felicito.
―Vení, sentate un poco acá conmigo ―se palmea la falda. Me descoloca. Miro por la ventana. Trago con dificultad.
―No tengo ganas. Estoy muy transpirada, además.
―Dale, de niña eras más tierna. En que mujer más arisca te estás convirtiendo. Te parecés a tu yegua.
No sé por qué le hago caso. No quiero, pero no se me ocurre desobedecer. Me siento en sus piernas.
―Estás muy huesuda ―dice, mientras me sujeta de la cintura con las dos manos. Comienza a moverme acomodándose.
Percibo su erección por debajo de mi pantalón de montar y del suyo. Me concentro en las hojas sobre el escritorio de roble y una bandera amarilla, verde y azul que no ondea. En la vitrina enfrente, una serie de negros fusibles están alineados por orden que parece ser de altura o de malignidad. A mi derecha una biblioteca a medio llenar. A mi izquierda, un ventanal, y el afuera.
Por cierto, tampoco puedo recordar cuánto tiempo está el hombre ese jadeándome en el pelo y sacudiendo mis caderas.
―Levantate, nena, que te tengo que llevar a tu casa.
Me levanto y se va al baño. Cierra la puerta al entrar y aprovecho a salir. Afuera está hermoso. Casi igual que al entrar. El pasto en diferentes tonos de verde, el trinar del churrinche en la rama, sobre la baldosa partida un envoltorio de caramelo, girando una bolsa de plástico, el aroma del cielo de primavera y después, la nada. Juro que no me acuerdo de nada más.

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