jueves, 3 de enero de 2019

El estuche en el rincón



Por fin parece que el verano decide caer en cuenta de que es diciembre, y hace descender la noche más calurosa del año sobre la ciudad donde se acuestan María, su hijo, y el resto de los ciudadanos, al ruido de las sirenas que marcan el inicio del toque de queda. Al amanecer se levanta María con un mal augurio, corre al cuarto de su hijo y encuentra toda la habitación revuelta. Cae de rodillas frente a la cama, y se lleva las manos a la boca tratando sin éxito de reprimir un vómito que le sale lanzado desde las tripas. De inmediato sabe que lo peor ha acontecido, las señales de lucha son claras: nadie podría llevarse contra su voluntad al único fruto de su vientre, sin dejar, tras de sí, rastros de resistencia. Va a llegar también la llamada confirmatoria en horas de la madrugada, vos quedáte quietita, no busques, no te muevas. 

Va a caer así mismo, sobre María, la primera de las noches sin luna, mientras su boca sigue abierta como aquellos pájaros evocando lombrices, aunque ya ningún sonido escapa de su garganta. Como no va a escapar sonido alguno nunca más, ni cuando la prima Estrella le trae aquel estuche. Es para que te acompañe, llega a explicar su prima, mientras ella no puede reciprocar ni siquiera con una mirada cordial tal muestra de afecto. 

Es así como aquel gran estuche negro pasa a ocupar un rincón en la casa en la que María desborda de ausencias. Con el transcurrir de las horas devenidas en sucesivos diciembres, el estuche va a pasar, de ser imperceptible, a aturdir con su sola presencia. También va a suceder que llega la noche en la que María pierde la cuantía de las horas de insomnio y, desolada, se acerca al estuche y lo abre. 

Lo que ve la estremece y la provoca. Las curvas la asedian desde el rincón y hasta le resulta algo inmoral tocarlas, pero sus manos la desobedecen, a sus dedos les urge encontrarse con esas tensas cuatro cuerdas. Toma el arco y lo desliza sobre ellas rozándolas apenas, y a María le resulta el banquete más delicioso que su alma ha recibido jamás. 

De igual manera va a intentar saciarse todas las siguientes noches sin luna, cuando retorna a su casa desmedrada de trabajo e indagaciones, y la habitación que sigue intacta, y solo logra calmar el llanto mudo de su aliento perdiéndose en las cuerdas. En cada acorde suplica por ella, la señora de la balanza, la que le habían prometido que tarda pero que llega, pero que no, no llega; y también está la desesperanza que acecha. 

Cuando a una María ya raída por el paso del tiempo, enclenque de tanto esfuerzo y desvencijada de ausencias, le van a ofrecer un reconocimiento por nunca dejar de buscar a su hijo, le van a dar un beso, un abrazo, y una medalla en un estuche, también negro, el mismo estuche, pero distinto, vacío. Por siempre vacío.

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