viernes, 16 de noviembre de 2018

El sindicato de la ilusión 


―¿Qué estás haciendo acá? ―le pregunté, sorprendida, cuando lo noté parado al lado mío. Nunca supe de donde apareció, pero le hice un lugar a mi lado, en el incómodo banco de madera.

―¿Querés la verdad o no? Nunca sé con vos.

―La verdad.

―La estoy esperando a ella―. Me señala con la vista a una mujer que paseaba un perro lanudo al otro lado de la plaza. Una mujer más linda, pero por sobre todo más joven que yo.

―¿Sabe que la esperás? Porque parece feliz.

Respondió a mi ironía con una mueca. Seguía con la vista fija en su mujer, y así, sin mirarme, disparó ―¿Estás triste? Te noto medio bajoneada.

―No, para nada. Estoy bien.

―Bien hundida, bien decepcionada, bien vacía, bien harta, bien rota, ¿así de bien?

―¿Terminaste? ―interrumpí, fastidiada.

―Supe que tus libros no se están vendiendo mucho. Sabés que justo ayer quedó vacante un puesto de periodista en La Diaria. No me mires así, yo no tuve nada que ver. La tonta no pudo dar tiempo al tiempo, y se metió una sobredosis. El caso es que me parece una buena oportunidad, el diario es importante y el puesto te puede venir como anillo al dedo.

―Pero métetelo en el culo, el laburo y ese diario de cuarta. Antes muerta ―. Le contesté sin pensar. Lo vi revolear los ojos.

―No me tientes, podría hablar con el jefe.

―Ya te dije que soy poeta. Y quiero seguirlo siendo. Encerrarme en un diario sería mi fin.

―Una poeta triste. ¿Podés ser más cliché?

―Seré una poeta triste, pero vos no dejás de querer andar siempre cerca mío.

―Yo podría pensar que es al revés. ¿Qué sería de vos sin mí? He visto a tantísimas colegas tuyas dedicarme casi su obra entera. ¿Por qué no nos amigamos?

―Tengo una idea mejor. ¿Por qué no te abro esa gabardina, me subo a tu falda, y me acomodo hasta que tu frio me penetre? Acá mismo, lo hacemos en la plaza―. Lo miré a los ojos, desafiante ―No es que nadie te vaya a ver.

―Que chiste fácil, guaranga. Mirá que resultaste una poeta chabacana, eh.

―Seré, pero seguro te saco el frio ―me fui acercando a su cara, y le dije, al oído ―Prometo darte vida.

―Lamento, pero voy a tener que pasar de vos. Tengo que trabajar.

Revoleé los ojos haciéndome la ofendida. ―¡Si serás un témpano aburrido!―dije mientras me alejaba. Volví a apoyar mi espalda en el respaldo del asiento y encendí un cigarrillo. Nos mantuvimos un buen rato en silencio, él mirando a su mujer, yo, el deambular de la plaza.

―No quiero verte triste poeta. Antes de que digas una de tus sandeces te voy a decir algo... tenés que dejar de sufrir por amor. El amor es una trampa, una mera ilusión, un engaño maquiavélico para que el humano quiera vivir. ¿Quién sino querría aguantar los golpes y dardos de este insultante infortunio?

―Sentadito en una plaza tercermundista citando a Hamlet, me mato acá mismo… Sabés bien que hay más del amor que eso.

―Sabés bien que no. No, no me mires así de nuevo. Por frustrante que sea yo no tengo todas las repuestas, pedíselas a nuestro empleador. ¿No te das cuenta de que trabajamos para el mismo jefe? Poeta y Muerte, ¿o te pensás que tu rol es muy distinto al mío?

―¿El de dar sentido? ¿A esta puta vida? ¡Qué cínico! Dale, ahora somos funcionarios celestiales. Poeta y Muerte. Nos quedaría formar un sindicato y estamos, ¡qué te recontra! La verdad es que sos tenebroso.

―Y vos te ponés linda cuando te enojás. Me va a dar pena llevarte.

―¿Estás seguro de que no querés que me suba arriba tuyo? Podría convertirme en la poeta que venció a la muerte, enamorándolo. Podría probar que una mujer tira más que una yunta de bueyes. O que Dios, en este caso.

―Podrías, pero no va a ser. En tu próxima vida, quizás. Aunque pensándolo bien, sea como sea, te termino poseyendo, uuuh… Mirá, un chiste fácil, como los que a vos te gustan ―sonrió, divertido, y dijo ―Perdoname, poeta, amor mío. Se hizo la hora, mi cita me espera.

Y lo vi cruzar, decidido, hacia el otro lado de la plaza.

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